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El novelista, ensayista, dramaturgo, filósofo y periodista Albert Camus (1913-1960), con sus raíces menorquinas y tan presente en el panorama cultural de esta Isla, dedicó su discurso del Premio Nobel de Literatura de 1957 a su maestro de la escuela primaria, Louis Germain. Con familia humilde, con el padre muerto en la Primera Guerra Mundial cuando él no había cumplido todavía los tres años, con la madre analfabeta, con la vida de colono al cuidado de su abuela en un barrio obrero de Argel, Camus no olvidó los esfuerzos de ese maestro que se empeñó en que continuara sus estudios. «Cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted», escribió Camus, en la carta que envió más tarde al señor Germain: «Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, nada de esto hubiese sucedido». «Le puedo asegurar», añadió el autor de «El extranjero», «que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido».

Creo que quienes hemos tenido una maestra o un maestro imprescindible, sin el cual no hubiésemos seguido la misma ruta, deberíamos alguna vez mostrar nuestro agradecimiento (con o sin Premio Nobel como excusa). En mi caso (sin Nobel), el profesor se llama Tomás Cañas. Nos daba en el instituto Lengua (por un lado) y Literatura (por el otro) y la pasión con la que comentaba los libros que yo luego devoraba en mi casa convirtió sus asignaturas en mis favoritas (también fui fanática, secretamente, del análisis sintáctico). Recuerdo que conocí, en los años en los que nos acompañó, a «Don Quijote de la Mancha», de Miguel de Cervantes; a «La Celestina», de Fernando de Rojas; a «La Regenta», de Leopoldo Alas Clarín; «El árbol de la ciencia», de Pío Baroja; las inolvidables «Rimas y leyendas», de Gustavo Adolfo Bécquer; «La vida es sueño», de Calderón de la Barca; «Misericordia», de Benito Pérez Galdós; «El camino», de Miguel Delibes; «Platero y yo», de Juan Ramón Jiménez; otra maravilla, «Luces de bohemia», de Ramón del Valle-Inclán; «El tragaluz», de Buero Vallejo; «La Colmena», de Camilo José Cela y «Nada», de Carmen Laforet, fundamental, tanto como «Tiempo de silencio», de Luis Martín Santos y una lista que sigue y que fue una aventura para quienes disfrutamos con las historias y con la poesía de Miguel Hernández, Antonio Machado o de Luis Cernuda, con «La realidad y el deseo», tantos versos subrayados que casi se convirtió en un borrón; pero también con autores del momento: recuerdo, por ejemplo, «Beatriz y los cuerpos celestes», de una joven llamada Lucía Etxevarría que ahora leería con otra lupa, pero que entonces fue fiestas, sexo y angustias vitales como las que yo ansiaba: qué ganas daban de intentar escribir algo.

Preparando este verano los talleres de escritura creativa que coordino en el Ateneu de Maó y en el Cercle Artístic de Ciutadella, elaboraba la lista de lecturas para uno de ellos, dirigido a adolescentes, y no podía no acordarme de Tomás. Venían todos estos títulos a mi mente hasta que llegué al que me obligó a llamarle: «La casa de Bernarda Alba», de Federico García Lorca. Tomás se comía cada día su manzana desde el patio de butacas en los ensayos de aquella obra que me convirtió en Adela en la única representación que hicimos. A veces protestaba porque no le dábamos énfasis a una palabra: se emocionaba repitiendo la frase, quería que se transparentara la intención encerrada en las bocas con aliento a misa de esas mujeres de Lorca. Tantas horas con mis amigas de entonces —dos de ellas, aún tan cerca—, ensayando a mediodía, entre clases, encerradas en el salón de actos, fumando cigarrillos a escondidas y a medias, invitando a veces a nuestros compañeros a que hicieran de público (o de Pepe el Romano, aunque no aparece en la obra más que como una sombra, con su caballo garañón golpeando los muros). Tantas horas, en definitiva, riendo sin parar o enfadándonos para siempre, aprendiéndonos a nosotras y aprendiendo de memoria un texto inmenso y perfecto: en el taller 'islado' con Lluís Pasqual pude comprobar que permanecía intacto en mi cabeza, solo había que descerrajar la primera línea («Ya tengo el doble de esas campanas metido entre las sienes») y venía seguido todo el resto.

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Tenía guardado el número de teléfono de su casa, porque mi profesor renegaba —y sigue renegando— de móviles y otros cachivaches. El tiempo es corto, él lo sabe bien, pero ganó la batalla, por suerte, y descolgó el teléfono en un barrio de Madrid una mañana de sábado. No tardamos ni un segundo en reconocernos. «Hoy ya ha sido un buen día», se despidió él, después de más de una hora de charla. La literatura, le dije, se ha convertido en mi vida y la raíz estaba allí (también en todos los libros de bolsillo que mis padres compraban sin rechistar para una biblioteca surtida que no era corriente en las casas de mis vecinas).

En mi lista para los jóvenes aficionados de Menorca se repiten algunos de esos títulos, se añaden nuevos y salen más autoras que en la que conservo de sus clases, pero el entusiasmo es, espero, el mismo que Tomás nos contagió. Muchos profesores cada día se esfuerzan por proyectar su amor por el saber y ahora empiezan de nuevo: un curso más, con los desánimos crónicos que inyecta el sistema y la política mal hecha y con las intromisiones de algunos padres que no ceden espacio a los docentes (ni a sus hijos). Valga también esta carta como homenaje a todos ellos y ojalá que la educación ocupe un día, en este país de triste figura, el lugar que le corresponde: el puesto de honor. Y ojalá también que este pequeño artículo haga que los lectores (con o sin Premio Nobel) se lancen a llamar, a escribir o a repensar a sus maestros. Gracias, Tomás.

ana@laisladelosescritores.com

Creo que quienes hemos tenido un maestro fundamental deberíamos alguna vez mostrar nuestro agradecimiento (con o sin Premio Nobel como excusa)