Te diré cosa

Confesiones de un pringado

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Hoy no me tomaré a pitorreo la actualidad (especialmente desasosegante estos días) tal como suelo hacer en esta columna con el único objeto de ejercer el derecho al pataleo (sintiéndome continuamente burlado por mis dirigentes, me burlo yo de ellos en justa reciprocidad aprovechando la infinidad de motivos que se esmeran en proporcionarnos). Hoy en cambio voy sencillamente a confesarme con ustedes, queridos lectores:

a) Estoy concienzudamente decepcionado.

b) A pesar de ello, no soy podemita.

Mi primer desencanto proviene de la Ley. Hace mucho que dejé de creer que la administración de justicia proporcione equidad, toda la equidad y nada más que la equidad. Un ejemplo reciente entre los cientos que podrían ilustrar mis dudas: «El expresidente de Govern (Jaume Matas) está negociando con la Fiscalía Anticorrupción una confesión de sus delitos con el fin de evitar el ingreso a prisión». Leí hace poco este surreal titular y pensé: ¡Coño! Si el Lute hubiera conocido este resorte de la justicia se hubiera ahorrado muchas penurias. Confieso que robé gallinas. De puta madre, gracias por tu sinceridad. Pelillos a la mar.

En fin, no creo necesario insistir mucho sobre el tema del poder judicial pues todos ustedes conocerán casos de personas que han ingresado en prisión por motivos infinitamente nimios si los comparamos con la enorme competencia demostrada por honorables y otros especímenes (que curiosamente andan libres como pajarillos) en la gestión de grandes agujeros negros que succionan nuestros caudales públicos fuera del alcance de la luz.

Los otros poderes del Estado, si he de serles sincero, tampoco me animan a tirar cohetes.

El legislativo, para mi gusto excesivamente oneroso e injustificadamente hiperpoblado de diletantes (tanto senador y tanto diputado para acabar haciendo leyes llenas de resquicios por los que trampean a placer los abogados de los grandes chorizos, las multinacionales y los aforados). Y qué me dicen del Ejecutivo, que cuando no anda trapicheando con sobres allana su camino hacia los consejos de administración de las empresas más acogedoras del mercado.

Parece que todo este desencanto que siento y que les he descrito debería acercarme a Podemos, ya que ellos han denunciado desde su nacimiento con acierto y claridad todo este estado abusivo de cosas que padecemos los pringados contribuyentes.

Entonces, ¿Por qué no soy podemita?

Resulta que puedo suscribir gran parte del discurso que oigo en boca de Errejón o de Echenique, pero lo que no cuela es lo que callan.

He visto varios vídeos de Iglesias idolatrando a Hugo Chávez. Pues bien, alguien que babee con Chávez no puede gozar de mi confianza (tan capullo me pareció el Chávez que gobernó Venezuela como kitsch el que se reencarnó en pajarillo para decirle a Maduro lo bien que lo estaba haciendo), como no gozaría de mi confianza alguien que admirara a Erdogan o a Donald Trump (y si mencionó a estos dos pavos y no a Kim Jong-un es por precaverme de quien me diga que Chávez ganó sus elecciones; esperemos que Trump no lo haga, aunque no es imposible).

Por otra parte decir que hay que acabar con la troika resulta sencillo, pero esto también lo decían Varoufakis y Tsipras y se les ha puesto cara de póker de repente. La cosa no debe ser tan fácil como la pintan, porque predicar el no a los recortes tendría más solidez si se pudiera hacer sin aumentar el déficit. Y esto es lo jodido. Y lo que no nos acaba de contar Podemos. Hablan de aumentar los impuestos a los ricos, pero como esto también es bastante complicado de hacer (por algo son ricos) lo que acaba pasando es que nos aumenten los impuestos a todos (y esto ya mola menos). Tampoco dicen con claridad cómo ven el papel de los jueces y los periodistas en su Arcadia y sin embargo lo podemos colegir de algunas indiscreciones cometidas al respecto por Iglesias durante algunos subidones de autocomplacencia en su periodo de sobrado (ahora se le ve más humilde): el verdadero papel que les pondría contentos es el de adeptos a la causa. A mí eso tampoco me mola ni poco ni mucho ni nada.

En fin, ya confesé. Espero la penitencia.