Contigo mismo

Matar a una hija

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La niña, casi adolescente, va tragando la muerte en el campo silente. Piensa que la vida es un juego. Cuentan que es la tercera vez que participa en él. Son casi las once de la noche. No es ese su lugar. Ni esa su actividad. Y mientras el alcohol le está hurtando la vida, ella –que no ha dejado de ser una niña mal educada- se siente como más mujer. Y, sin duda, la heroína de un botellón que algún impresentable hizo posible con su mayoría de edad… Ese maldito insensato que, tal vez por veinte euros, entró en una tienda, compró la ración de muerte y la repartió luego a los niñatos…

Eso fue ayer. Hoy es día de llanto. Los padres están en el limbo, esgrimiendo sorpresa fingida. Era, sí, su tercera vez. Saben que no habrá una cuarta. Esos padres están ahora en el limbo –lo iteras-. No pueden recobrar ese ayer en el que hubieran de haber dicho hasta la saciedad, mil veces, NO… Ese pretérito en el que no hubieran de haber cedido siempre… Ese pasado de omisiones donde no hubo tiempo para el diálogo y en el que se sintieron buenos progenitores porque le daban a la niña todo lo que ella quería y/o exigía, lo que ellos, tal vez no tuvieron. Tampoco los padres de la niña muerta son dueños del hoy. En el hoy no pueden pagar con intereses las negaciones salvadoras que no esgrimieron. Nunca nadie dijo que educar fuera fácil. Y para desdibujar esa cara de enfado del rostro de la hija le compraron esas Nike, o ese móvil de última generación o esas cosas que les reconciliaban con esa mujer, sí, prematura… Hoy proyectan –a modo de vacuo consuelo- las culpas sobre otros: es la sociedad, es el sistema educativo, son las malas influencias, fueron los chinos –siempre son los inmigrantes, a la postre, los culpables de que haga frío- o ese canalla que entró en el hiper… Mientras, una voz, acallada, les inquiere: ¿dónde estabais vosotros cuando vuestra hija sajaba su vida a golpes de ron? Tampoco, sí, les resta a esos padres futuro que vivir, únicamente un sucedáneo en el que sobrevivir…

En la habitación de la niña que jugó a ser adulta anida un ordenador, ropa de marca, excesos materiales… Pero no el tiempo… Ese tiempo para hablar y comunicarse… La niña lo tuvo todo. Menos eso…

En un colegio los niños y niñas se divierten con un juego extraño… Los profesores, en muchos casos, auténticos padres putativos por vocación, se inquietan y les preguntan… "Jugamos a pegar. Lo hemos visto en internet" –contesta uno-.

La niña cae en coma… Sin saber que, a la postre, el aprendizaje existencial se sustenta en cuatro patas, como si de una silla se tratara: la educación de los padres que requiere querencia, tiempo, paciencia, dedicación (amor, a la postre); la escuela (desprestigiada frecuentemente de manera injusta por los primeros y consecuentemente no valorada); las compañías y las nuevas tecnologías… Era su tercera vez… Su tercera vez –cuentan-. A esa niña –seguro- algún trago tuvo sabor de omisión. ¿Dónde estaban ellos? Por otra parte nadie se interesó por el historial de navegación de la hija o youtube le hizo creer a la niña que, jugándosela, iba a ser la protagonista del evento. De ser preguntados, tal vez sus progenitores no sabrían especificar con quién andaba la adolescente en ciernes. Quizás no leyeron la agenda de la niña; tal vez no leyeron las notas del tutor o no tuvieron tiempo para asistir a una reunión de padres…

Pero su niña practicaba equitación e iba a una academia de inglés… La conciencia, entonces, se asedaba… Se había cumplido, a la postre, con el deber, pero eso sí: malentendido y mal ejercido…

En el limbo irrevocable se preguntan qué han hecho mal…

Cuando suban –cuando puedan hacerlo- a la habitación de la mujer que ya no será, verán todo lo que le compraron… Pero no las negaciones obligadas, el tiempo no invertido, la escucha no efectuada… Tan solo el amor equivocado, el que invariablemente tiene forma de caprichos dados, de eterna cesión, pero rara vez de urgida dedicación…