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¿Cuántas has visto/ han padecido? - ¿Siete?, te preguntas. En los lindes de una jubilación que no será, hablas de reformas educativas…

Lo que no verás, probablemente, será un pacto al respecto… Y si lo ves, tendrá mucho de chapuza. Ojalá te equivoques. Desearías ser optimista pero, a la postre, y en conocido aserto, un optimista se muda en pesimista a golpes de experiencia. Puede, sí, que llegue. Incluso se habla de su inminencia. Sin embargo, te asustan los plazos. En cinco meses no se obra milagro…

Hubo un tiempo –lo hay, lo habrá- en que, de la misma manera en que cada maestrillo tenía su librillo, cada ministro de Educación poseía su reforma. Esa que –pensaba- lo mudaría en inmortal. Cuentan que la ignorancia es atrevida. Los ministros –hoy de Sanidad, mañana de Agricultura y al cabo de un mes de Defensa, que de todo entienden- se saben, pues eso: ministros. Y las modificaciones que elaboran nacen en los paritorios de su autosuficiencia. No se consulta al maestro, al profesor de Secundaria, al experto en determinada rama profesional, al que sabe. Por eso los ministros de Educación jamás ganan batallas. Porque las que viven en maquetas son harto distintas a las que se libran en los campos dolientes. Un soldado muere horrorizado, mientras un impoluto general le impone una medalla que no es sino sarcasmo. El general no sangra… Ni sangró… Si las ganan, sus victorias son tan efímeras como poco respetables. Porque el respeto se conquista, no se regala…

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Puede que se llegue a un pacto –te repites-. Pero con toda probabilidad será fruto de puntuales intereses, más que de fructíferas convicciones. La educación no ha interesado jamás a quienes gobiernan. No vaya a ser que a los ciudadanos les dé por pensar y, aún peor, por sentir. Lo primero les induciría a cuestionar sus decisiones. Lo segundo los acercaría a los desheredados, a los que duermen bajo estrellados techos… Por eso son expulsadas, lenta y subliminalmente, aquellas materias (filosofía, historia del arte, ética, literatura…) que son armas poderosísimas en contra de lo arbitrario…

En las aulas los alumnos primerizos estudian –forzados por esperpénticos currículums- lo que es un lexema… Pero no leen… Aprenden lo que es un fonema… Pero no escriben… Asimilan lo que constituye un sintagma. Pero nadie se preocupa por su expresión y comprensión orales. Y si se hace, se hace poco, porque no te dejan, porque hay que cumplir con una programación que jamás habría elaborado profesor alguno… En primero y segundo de ESO –estás convencido- todo debería reducirse, en Lengua Castellana, por ejemplo, a enseñar a leer y a comprender lo que se lee. A amar la literatura. A escribir con corrección y, si te apuran, con belleza. A expresarse, por escrito y oralmente. Porque quien sufre esas carencias no deja de ser un minusválido. No físico. Pero sí intelectual, emocional. Triste tara esa. Por ende, invisible y, consecuentemente, indolora para el poder…
¿Habrá pacto?

No lo crees. Pero sí lo hay, exiges –estás en tu derecho- que sea sincero. Que anteponga los intereses del alumnado. Que esté exento de toda manipulación ideológica. Que cuente con recursos. Que sea el fruto de multitud de consultas a quienes de eso entienden. Que no sea parto del egocentrismo o de los intereses partidistas. Que no considere que el Bachillerato está para los listos y la Formación Profesional para los no tan listos. Que equipare la dignidad de ambas vías educativas. Que dignifique el trabajo de los educadores. Que enseñe que las lenguas no son rivales, tan sólo los hombres. Que se vuelque en los alumnos con necesidades educativas especiales. Que contribuya a crear ciudadanos tolerantes, sensibles… Aunque solo sea – y no debiera ser- por interés de Estado. Porque nos jugamos mucho en esa partida. No sólo el presente, sino el futuro de vuestros hijos e, incluso, el de vuestros nietos, el de tantos… No quiero, de verdad, morirme sin haber visto eso...