Acabo de regresar de la India, donde la comida picante abrasa la lengua y por el contrario la gente es mucho más mojigata de lo que uno creería al visitar los templos de Agra, decorados con escenas del Kama Sutra, de muchísimos de años de antigüedad. Me he cansado de comer pollo y cordero, disfrazados con una salsa picante u otra, con un olor característico que en seguida llena los salones de los restaurantes. He llegado a echar de menos el cerdo y la ternera, animales prohibidos, que por el contrario pastan a su antojo por calles y avenidas, por carreteras y pueblos, sueltos como los perros, de quien nadie parece tener cuidado, pacientes como las búfalas, mucho más tranquilos que los monos. He intentado comer alubias o verduras, pero todo estaba inmerso en la dichosa salsa y las dichosas especias. Entonces he recordado lo que dicen, que los condimentos de la India impiden la proliferación del cáncer de colon, y he vuelto a comprobar que no hay mal que por bien no venga. Pero a los condimentos habría que añadir la miseria, que no permite que nadie eche carnes, que destierra la obesidad en la mismísima república de los flacos. Un empleado del aeropuerto, quizás el más humilde, encargado de vigilar los baños, me ha dicho que ganaba sólo 4.500 rupias al mes; es decir, unos 60 euros. Nadie puede comer, vestirse y cobijarse bajo techo por 60 euros al mes, ni siquiera en la India. Pero es que este hombre al menos tenía trabajo. Proliferan los miserables armados de chucherías que te atosigan en todo momento para que compres quincalla, para ayudarse a vivir. La libertad corre por doquier, los coches pueden cruzarse con luces largas en plena noche, adelantar por la izquierda y la derecha, sonar el claxon a todas horas, realizar giros de 180 grados en plena autopista, marchar en dirección prohibida… La gente se ducha al borde de la carretera, las ratas anidan en las márgenes de los estanques, los muertos se queman en la orilla del río Ganges, contaminado con sus cenizas, y existen casi tantos millones de dioses como de habitantes. Uno cierra los ojos y recuerda el mayor de los desbarajustes: esto es la India.

Por contra los templos son suntuosos, y hay que descalzarse para entrar en ellos. Son el legado de los marajás, cientos de ellos, que vivían en palacios esplendorosos y jugaban al escondite con sus concubinas. Cuando los ingleses vieron que se peleaban entre sí encontraron la clave para adueñarse de ese país de fábula que pudo haber sido un paraíso.