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Tengo un perro, se llama Pi. El nombre le viene a raíz de la película 'La vida de Pi', un largometraje que me encanta. Es un perro que, como su dueño, si tuviera que vivir de su belleza lo tendría complicado. Pero los dos somos supervivientes de la vida y compartimos un carácter que nos hace suficientemente simpáticos como para ir tirando sin molestar a nadie.

Estos días me debato entre si comprarme un coche nuevo o no. Llevo un año trabajando como autónomo y he redescubierto el sentido del trabajo, de aquel que no conoce horarios ni días festivos ni fiestas de guardar. He currado mucho en el amplio sentido de la palabra. El literal, el implícito y el visceral. Y entre tanto esfuerzo quiero comprarme un coche porque tengo la extraña sensación de que me lo merezco.

Pi tiene un juguete que lo vuelve loco, una especie de bocata de plástico cuyo pito que sonaba al apretarlo sufrió un misterioso accidente a los minutos de llegar a casa. Si no lo sufrió, al menos hicimos que lo pareciese. Creo que después de sus dos dueños, ese trozo de plástico apestoso y roto es la cosa que más le importa en el planeta.

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Es alucinante lo feliz que se ve al animal con ese pedazo de algo que no se sabe muy bien qué es y que cualquier ser humano desecharía por viejo e inútil. Pero el perro lo adora hasta puntos obsesivos. Ya escribí por aquí un día sobre un perro, Kempo, y hoy lo he hecho sobre el mío, porque me da mucha envidia la capacidad que tienen los animales de ser felices con muy poco.

Tienen –muchos de ellos- una existencia pacífica a la sombra de unos buenos dueños y leal, no importa el mal día que hayas tenido porque siempre te reciben con una mezcla de amor y devoción que resulta imposible que no te levante el ánimo.

Habrá quien piense que no dejan de ser animales de compañía, perros, gatos o canarios que han corrido mejor suerte y que ya pueden dar las gracias de tener un techo y comida a diario. Qué lástima me dan porque no han disfrutado del verdadero amor. Los dueños, digo.

Tengo un perro que es feliz, que me hace feliz, que durante un tiempo hizo muy feliz a mi padre y que me recuerda que no necesito comprarme un coche para ser feliz. Y que no importa como de fea, viscosa, rota y maloliente se ponga la vida porque al final, con muy poco, podemos ser inmensamente felices.