¿Tiene caldereta sin langosta?

¿Podrías ser juez?

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El día 12 de junio de 1994 Nicole Brown Simpson y Ron Goldman fueron brutalmente asesinados en la localidad de Brentwood (Los Ángeles, Estados Unidos). La investigación policial se centró en el famoso jugador de fútbol americano y actor de Hollywood, O.J. Simpson. Tras recopilar numerosas pruebas en el lugar de los hechos, la Fiscalía acusó a la celebridad de los dos asesinados. Daba comienzo el llamado juicio del siglo que mantuvo en vilo a Estados Unidos y convirtió el proceso en un espectáculo de masas. Durante su desarrollo, los abogados de la defensa, dirigidos por Johnie Cochran, idearon una hábil estrategia para convencer al jurado de la inocencia de su cliente. Mantuvieron que la Policía de Los Ángeles había urdido una trama para incriminar a O.J. Simpson por ser negro. Por aquel entonces, existía un clima de fuerte tensión racial debido a que cuatro agentes de Policía habían sido absueltos por un jurado mayoritariamente compuesto por blancos tras haber golpeado a Rodney King mientras lo retransmitían en directo varias cámaras de televisión. Uno de los agentes que recopiló pruebas, Mark Fuhrman, declaró en juicio que nunca había utilizado la palabra «negrata». Sin embargo, la defensa encontró unas grabaciones en las que el detective confesaba que odiaba a los negros y que había fabricado pruebas para conseguir en otras ocasiones su condena. Aquellas declaraciones fueron una bomba incendiaria en la comunidad negra. El juicio del siglo se convirtió en una lucha entre bandos (blanco y negros) que, en ocasiones, olvidaban por completo que se trataba de enjuiciar unos hechos y valorar unas pruebas. Tras meses de juicio y escuchar a más de cien testigos, el jurado, formado mayoritariamente por afroamericanos, absolvió a O.J. Simpson del doble asesinato. Su deliberación apenas duró tres horas.

La institución del Jurado constituye una forma de participación del ciudadano en la Administración de Justicia. A través de este sistema, se garantiza que las personas sean juzgadas por sus iguales, ciudadanos legos en Derecho, que deciden sobre la culpabilidad o inocencia del acusado según las pruebas que las partes presenten en el juicio. Sin embargo, ¿estamos todos capacitados para asumir esta tarea? ¿Es un jurado más permeable a la presión mediática que un tribunal profesional? ¿Son más emocionales que un juez profesional? ¿Tienen acaso más empatía con las víctimas? ¿Inclinan la balanza según sus propias convicciones restando importancia a las pruebas? Todas estas preguntas giran en torno a un problema más importante: ¿Nos fiamos de nuestros semejantes? ¿Les creemos capaces de asumir la delicada tarea de decidir sobre nuestra libertad? ¿Pueden las malas personas ser buenos jueces?

En España, la institución del jurado es relativamente reciente pues apenas tiene veinte años. Tiene competencia para enjuiciar un elenco muy variado de delitos, entre ellos, el homicidio. Está compuesto por nueve personas y dos suplentes. Su función es declarar probado o no los hechos objeto del veredicto y declarar la culpabilidad o inocencia del acusado. Para condenar, se exigen siete votos favorables. Para absolver, cinco votos. La dirección del juicio está encomendada a un magistrado profesional que, en todo caso, debe acatar el veredicto del jurado, esté o no conforme. Posteriormente, el magistrado debe redactar la sentencia y concretar la pena que debe imponerse al acusado. A lo largo de dos décadas, ha prestado un gran servicio. Sin embargo, también se ha visto envuelto en algunos escándalos como el caso 'Wanninkhof'. No son pocas las sentencias del Tribunal Supremo que anulan veredictos confusos o contradictorios de los jurados.

El juicio de O.J. Simpson releva hasta qué punto un jurado puede verse influenciado por el clima de tensión social existente fuera de las puertas del Tribunal. Abstraerse de todo cuanto uno ama u odia para juzgar a una persona no es una tarea fácil. Todos llevamos nuestra propia manera de pensar. Si prescindiéramos de ella, nos convertiríamos en seres autómatas carentes de criterio y, por tanto, permeables a cualquier injerencia en nuestra independencia. Sin embargo, olvidar los prejuicios y la presión mediática es una exigencia de primer orden si se quiere seguir confiando en el sistema de justicia. En definitiva, juzgar exige distancia, silencio, respeto, prudencia y responsabilidad. Ya lo decía Sócrates hace más de dos mil años: «Cuatro características corresponden al juez: escuchar cortésmente, responder sabiamente, ponderar prudentemente y decidir imparcialmente».