TW

Comprar una entrada de teatro me provoca una sensación extraña, una experiencia aguarda: vivir otras vidas. Ya hacía días que tenía las entradas pinchadas en el corcho para una de esas oportunidades, la de este pasado sábado en el Teatre Principal de Maó, con la adaptación de «El malentès» de Albert Camus, que llevó a escena la compañía Mô Teatre bajo la dirección Jordi Odrí. Llegamos tan justos que el desasosiego me invadía por adelantado; ese enfado momentáneo por no haber salido antes, las prisas tontas: a veces empieza el absurdo antes de que se abra el telón (existencialista).

Por suerte, aparecimos a tiempo de alcanzar nuestra butaca en medio del revuelo de los comienzos: saludos, murmullos, acomodarse, abrigos, sonrisas expectantes, las primeras toses y hasta un pitido que luego reincidió, ya no sé si en mi mente o en la de todos. Algún teléfono móvil vibrando y sonando, con los actores metidos en el otro mundo, como muestra de esa incapacidad nuestra de conquistar el silencio que se le debe al propio texto (a este paso voy a tener que darle la razón a José María Pou, a pesar de lo que me traumatizó su interrupción, ataviado de Sócrates, para referirse al whatsapp del público). Al texto de Camus, por cierto, también le faltó —para mi gusto/sed de espectadora—, una leve pausa, algún grito más dosificado o un claro en ese bosque de líneas tan duras de digerir seguidas. Porque en esta tragedia servida en crudo, escrita durante la Segunda Guerra Mundial y estrenada por primera vez en París en 1944, parece más importante lo que se dice que lo que se hace: obliga a tragar saliva. Aunque también entiendo que este malentendido era un trayecto largo del que no podía quedar nada afuera; tenía que meterse la desolación dentro y así lo hizo, con la fuerza concentrada en las cinco interpretaciones.

La madre (Matilde Muñiz), brillante y sólida en su cansancio crónico ante la vida, una cansancio casi tierno, a pesar de los crímenes que acumulan sus manos de madre («¿Por qué le habré hablado de mis manos?»). La misma madre incapaz de ver/reconocer al hijo, a Jan (Joan Taltavull), con quien somos el que regresa («Y ya vuelve a asaltarme mi vieja angustia, aquí dentro, como una vieja herida que se aviva cada vez que me muevo. Conozco su nombre. Es temor a la soledad eterna, miedo de que no exista respuesta»). Jan, que no encuentra las palabras tras veinte años de exilio, elige hacerse pasar por huésped. Su esposa María (Sílvia Pons) desconfía de ese juego, cree que es más fácil decir «Soy yo» o «Aquí estoy» y dejar que hable el corazón para devolver a las cosas su orden, pero el hijo pródigo, con su identidad fragmentada, no puede evitar ser un extranjero en su casa, una posada regentada por dos mujeres hastiadas y un criado silencioso (Jordi Odrí), testigo (casi) mudo, encargado de observar como sombra o dios (casi) mudo que no interviene y niega el consuelo para recordar, con ese arrastrar de pies, qué solos estamos.

Noticias relacionadas

La hija, Marta (Espe Robert), es la que señala al público con más saña, la que no vive el presente pero sueña con el mar (a cualquier precio), como una esperanza de esa felicidad que le es negada pero que siente que le pertenece, igual que soñaban las mujeres encerradas de las obras de Lorca. «Sí, estoy harta de cargar con mi alma», dice, «tengo ganas de encontrar ese país donde el sol mata las preguntas».

El mar es la libertad prometida, lejos de esa casa/Europa gris («Desconfío de todo desde que he llegado a este país, donde busco inútilmente una cara feliz», dice la esposa de Jan, «esta Europa es tan triste...»). Esa Europa que Camus conoció hasta 1960, hasta que murió en un accidente de coche (otra vez, el absurdo) es la misma Europa gris, cerrada sobre sí misma para los que buscan refugio, a la que hemos vuelto ahora. El Mediterráneo, tan presente en la obra de este autor nacido en Argelia en una familia de colonos franceses con raíces menorquinas, es el mismo mar en el que murieron más de cinco mil personas el año pasado intentando alcanzar nuestras fronteras y es el mismo mar al que miraron también este pasado sábado en la manifestación multitudinaria de Barcelona con el lema «Volem acollir» (también en Palma) para exigir al Gobierno que «cumpla los compromisos de acogida». Qué emoción saber que no todos somos meros testigos (mudos) de lo que pasa.

Camus también habría apoyado esa marea azul —además de novelista, ensayista, dramaturgo y filósofo, fue un periodista comprometido con los derechos humanos—, reclamaría a esa Europa en la que también creía, la Europa solidaria. Estaría mirando hacia el mar que bañó su obra y su infancia y que protagonizará los Encuentros Literarios Mediterráneos Albert Camus que se celebrarán en Sant Lluís esta primavera, coincidiendo con el 60 aniversario de la concesión del Premio Nobel de Literatura a un autor que sigue siendo antorcha. La luz de Camus no solo ciega (como cegó al protagonista de «El Extranjero» en otro crimen rodeado de indiferencia: la misma indiferencia de los gobernantes), sino que también revela los caminos posibles: hay vida dentro y fuera del teatro y, sí, estamos solos, pero somos muchos.