Te diré cosa

La caída del imperio kafkiano, o quien tiene sastre viste bien

|

Valorar:

Ya les pasó a los romanos. A nosotros, legítimos herederos de aquella exitosa civilización es posible que nos esté a punto de suceder lo mismo. De momento, el Calígula de turno ha confesado indirecta (y quizás involuntariamente) que el imperio ha entrado en fase decadente: «Haremos grande a América de nuevo». La cosa sin embargo no pinta fácil; el actual tablero dispone también de sus propios bárbaros (China, Irán, Rusia) que no dejan de halitar en nuestra nuca. Y aunque esta vez no son brutos y montaraces como hunos y visigodos, no dejan de tener su peligro: heredan culturas milenarias, poseen capital humano, tecnología, ambición y -lo más inquietante- tienen pasta.

Si Josef K. hubo de vivir su proceso como una pesadilla amueblada con el desasosiego que produce la falta de transparencia, nosotros podemos sentirnos libres de sentir pareja inquietud toda vez que gozamos de la suficiente desinformación en lo referente a quién nos gobierna realmente y qué rumbo tomará la nave en la que vamos embarcados. No me refiero a quien gobierna los territorios de ultramar (Hispania, La Galia etc), de eso se encargan los cónsules/capataces, como Merkel, y -en un escalafón más bajo-, nuestro querido Mariano (y quien le substituya el día de mañana, Dios mediante); me refiero a quién decide lo gordo.

Si el verdadero timonel es o no el del flequillo naranja constituye para mí una verdadera incógnita. ¿Es un lobo solitario algo chiflado, un gol que las urnas le han colado a los amos del cotarro? Si así fuera cabría esperar que pronto sufra un impeachment u otro tipo de accidente. ¿Está por el contrario en nómina? Pudiera ser que en un intento desesperado por salvar los muebles de un imperio que se derrumba hayan colocado a este mandril al frente, pero en ese caso el gol se lo habrían colado al cuarto poder, que apostó fuerte en contra del caballo que resultó a la postre ganador (dicho sea entre paréntesis, el cuarto poder está de capa caída desde que la opinión pública lleva su smartphone siempre a mano). ¿O es quizás Trump un golazo que ha marcado el taimado Putin a Occidente? En ese caso los amos deben estar que trinan. O no. Quién sabe si también se puede sacar partido de una aparente derrota.

Sea como sea lo que está claro es que nosotros permaneceremos en la más impecable de las ignorancias sobre cuáles son los verdaderos planes. No nos queda mucho más que sufrir las consecuencias. O beneficiarnos de ellas en el hipotético caso de que las cosas salgan finalmente bien para los estrategas y en el aún más hipotético caso de que ello comportase que las cosas resultaran subsidiariamente positivas para nosotros (difícil carambola: ya sabemos que este tipo de intereses son las más de las veces contrapuestos).

Mientras todo esto se resuelve, podemos entretenernos con inquietudes más domésticas, y recrear sin timidez la impotencia que debió sentir el personaje de Kafka durante su aventura procesal, acudiendo en nuestro caso a un inofensivo juego de imaginación:

Si un día me deslizase por la senda del pecado contra la sociedad (Dios no lo permita), ¿se me aplicará la doctrina Botín, la doctrina Urdangarín, la doctrina Pantoja o la doctrina Pipi Calzaslargas?

O bajando otro escalón hasta un terreno más de andar por casa, imaginemos que se me ocurre montar un bar de copas en Mahón, ¿se me aplicará el horario Borja Moll o el más flexible horario Moll de Llevant? O dicho de otro modo ¿Son de diferente calidad los derechos al descanso de los vecinos de estos dos enclaves de nuestra querida ciudad? ¿Son distintos los derechos que asisten a los empresarios según decida no se sabe bien quién, no se conoce bien según qué criterios?

Qué visionariamente anticipó Kafka las penurias que podría sufrir un miembro del pelotón condenado como estría a desenvolverse en un mundo del que desconoce las verdaderas reglas que lo rigen, sin saber qué instancia superior le defenderá de los abusos o las arbitrariedades, o de qué sinuosos vericuetos dependerá que se le asigne un pret a porter o tendrá por el contrario la fortuna de que le confeccionen un traje a la medida.