La columna

Decepción

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Estoy viendo en televisión la película «Sabrina», de 1954 dirigida por Billy Wilder, con Audrey Hepburn, Humphrey Bogart y William Holden como actores principales. Se trata de una adaptación al cine de la obra de teatro de 1953 «Sabrina Fair», subtitulada como A woman of the world, original de Samuel A. Taylor. La película tuvo un remake en 1995, dirigido por Sidney Pollack, con Julia Ormond, Greg Kinnear y Harrison Ford. Como película romántica no deja de seguir el molde cásico de la chica pobre que quiere ser princesa, repetido desde «La Cenicienta» hasta «Pretty woman», pasando por mil variantes posibles. Un molde que funciona también al revés, chico pobre que se enamora de chica bien, como por ejemplo «Notting Hill» entre tantas otras.

Pero no es esto lo que me llama la atención, sino el hecho de que la voz que dobla a David, el hermano del protagonista, corresponde en la primera versión a Juan Manuel Soriano. Una voz profunda, sonora y aterciopelada, capaz de enamorar por sí sola. Se la podría comparar a la que incorporó más tarde Constantino Romero, como actor de doblaje, que era también poderosa, sugestiva y cargada de personalidad. Recuerdo que muchas mujeres se enamoraban de la voz de Juan Manuel Soriano cuando lo oían por la radio, o cuando veían las películas de Rock Hudson, a quien solía doblar, con lo que contribuía a mejorar la figura del actor norteamericano, que era además tenido por un guapo oficial, muy machote, por cierto, y por quien bebían los vientos casi todas las mujeres.

Lo malo es que cuando Juan Manuel Soriano salió retratado en los periódicos muchas mujeres se llevaron un chasco, porque era bajito y calvo, lo mismo que Constantino Romero, y no se parecía en absoluto a Rock Hudson.

Por cierto que grandes actores de doblaje como estos pueden mejorar la actuación de los intérpretes originales, porque la voz de Arnold Swarzenegger, por ejemplo, a quien doblaba Constantino Romero, no es nada del otro jueves. Juan Manuel Soriano solía doblar también a Cary Grant y Gregory Peck, y contribuía a darles un sello característico, pero lo que yo recuerdo ahora mismo son aquellas películas de Rock Hudson con Doris Day, que eran comedias sencillas, llenas de situaciones graciosas que hacían olvidar las penurias cotidianas invitando a soñar, que era gratis, o si se quiere ayudando a vivir. Por cierto, recuerdo que una de esas antiguas soñadoras me dijo que la decepción más grande de su vida la tuvo cuando se supo que Rock Hudson era gay.