Te diré cosa

Carta abierta al primer teniente de Alcaldía de Maó

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Perdone que le moleste, don Héctor, pero es que en el despacho de arriba parece que no contestan, y además mis cuitas casan con sus competencias. Le resumo un poco a trazo grueso el asunto que me impele a reclamar su amparo. Verá usted, le confieso que crece mi temor a que los problemas del puerto de Maó estén siendo tratados de forma... ¿cómo diría yo sin herir sensibilidades?... desacertada. Sí. Inquietantemente desacertada, si me permite cargar un pelín las tintas en el grado de desacierto.

Empecemos por el final: Ya desde la página web del ajmao firma nuestra alcaldesa un bellísimo manifiesto cargado de ambiciosas intenciones sobre nuestra amada rada, ponderando su importancia y anunciando un ilusionante plan de acción apuntalado en un diálogo permanente. Casi me emociono.

Enseguida, sin embargo, la emoción se me empieza a desinflar un poco: no acierto a comprender desde qué extraña perspectiva puede interpretarse el haber convertido a todo el puerto en lugar susceptible de sufrir ruido y alboroto hasta el alba como una acción beneficiosa para la comunidad.

Si definiéramos la situación creada en el puerto como un crimen (en sentido figurado) contra los vecinos, habría que buscar al culpable -según la tradición del cine negro- entre los beneficiados. ¿Quién saca tajada del fiambre? Entiendo perfectamente que alguien utilice en su provecho los deslices de la administración. Lo que no acabo de entender es que quienes cobran por defender los intereses de la comunidad condenen arbitrariamente a cientos de vecinos a una vida desapacible habiendo zonas deshabitadas, ostensiblemente mejor indicadas para recibir el abrazo del oso. En otras palabras, ¿qué hemos hecho los habitantes del puerto para merecer el castigo del que han sido felizmente liberados los de Borja Moll? ¿Somos quizás menos relevantes?
Recuerdo que el pasado año el erario público hubo de desprenderse de unos cuantos cientos de miles de pavos a cambio de un informe encargado por Autoridad Portuaria que nos indicaría amablemente los pasos a seguir para dar por fin al puerto de Maó el rumbo racional que todos ansiamos ¿Acaso proponía ese informe (hoy papel mojado como tantas veces sucede con lo que paga a escote Juan Español) que había que convertirlo en una discoteca ibicenca? Creo recordar que sugería un rollete bien distinto (entre otras cosas, estudiar su peatonalización estacional). Un bonito informe que entusiasmó a su jefa, señor Pons, hasta el punto de que habló de un antes y un después del famoso documento.

Mucho me temo que la historia real, lo que sucede al margen de los discursos y declaraciones, nos dice que desde que Borja Carreras hizo entrega del flamante puerto a la ciudad de Maó solamente Águeda Reynés y su equipo (y no soy sospechoso de ser fan del PP) aportaron algo positivo a la criatura: el ascensor de Llevant, el parking provisional adjunto al ascensor, las jardineras (que permiten ver el horizonte en lugar de ver el lomo de una furgoneta), el apoyo a las regatas y el intento de dinamización y peatonalización estacional.

No quisiera resultar ofensivo pero mucho me temo que el balance del resto de los equipos que han gobernado los destinos del puerto sea realmente pobre. La sensación general sobre su nivel de compromiso con el bienestar del puerto quedaría bien reflejado por términos como desidia o desapego,
Misteriosas fuerzas telúricas han debido actuar para que a pesar de su aparente desdén por el puerto y la habitual inercia (véase el nuevo ascensor inédito) de su administración, acometieran el injustificable plan que ahora amenaza el sueño y la paz de los vecinos de estos lares.

Pido por todo ello su amparo señor Pons. Replanteen el asunto. Debe saber que la normativa sobre ruidos, teóricamente protectora, ni se ha cumplido ni se cumple, y apuesto a que no serán ustedes quienes la harán cumplir al alba.

PD. Para rebajar un punto el tono reprobatorio de mi carta terminaré mostrando mi agradecimiento y felicitándole por habilitar por fin (llevamos años pidiéndolo), aunque sea de forma provisional, el terreno de la antigua Campsa como aparcamiento.