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Cuenta la leyenda que Giges, un pastor que servía al rey de Lidia, era un hombre honrado y trabajador. Gozaba de buena reputación entre sus compañeros de profesión. Un día estaba con su rebaño en las montañas cuando se desató una fuerte tormenta. Un seísmo que hizo temblar la tierra abrió una grieta en el suelo. El pastor, maravillado, bajó por aquella hendidura. Había muchos objetos preciosos. Entre ellos, un caballo de bronce, vacío, con unas pequeñas puertas. Giges asomó la cabeza y encontró el cadáver de un hombre. Estaba desnudo. Solo portaba un anillo de oro en el dedo. El pastor, embaucado por la belleza del anillo, lo cogió y salió de la cueva. Pasados unos días, Giges asistió a la reunión mensual de los pastores para evaluar el estado de los rebaños e informar al rey. El pastor tomó asiento y empezó a juguetear con el anillo. Tras ponerlo hacia la palma de la mano, observó que los pastores hablaban como si él no estuviera presente. Lleno de asombro, volvió el anillo hacia arriba y, de nuevo, los pastores se percataron de su presencia. Con gran curiosidad, repitió varias veces el movimiento del anillo, observando su mágica propiedad. Bastaba darle la vuelta para convertirse en invisible. Giges, maravillado por el inmenso poder que tenía el anillo, convenció al resto de pastores para que lo nombraran responsable de ir a rendir cuentas al rey. ¿Qué podía hacer en la corte? ¿Cómo utilizaría el anillo? El pastor urdió un siniestro plan. Utilizando el don de la invisibilidad, se introdujo en las habitaciones de la reina y la sedujo. Con su ayuda, preparó una trampa al rey. Tras asesinarle, le usurpó la corona y se convirtió en el nuevo tirano de Lidia.

Platón cuenta la historia de Giges en su obra «La República» para justificar que todas las personas, por naturaleza, son injustas. Gracias a la impunidad que le confiere el anillo, el pastor se aprovecha de ese inmenso poder para su propio beneficio. Esta historia contada hace más de dos mil años nos hace reflexionar sobre dilemas interesantes que están de plena actualidad. ¿Qué hubiéramos hecho nosotros? ¿Habríamos ideado un plan para saciar todos nuestros deseos de riqueza y poder? ¿Habríamos caído en la tentación de utilizar el anillo para transgredir la ley sabiendo que nunca seríamos descubiertos? ¿O por el contrario, habríamos utilizado el don de la invisibilidad para descubrir a los criminales? ¿O para crear una sociedad más justa? ¿O para ayudar a todos aquellos que lo necesitan y buscan algo de esperanza en el camino?

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Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. El pastor Giges, sin saberlo, se convirtió en una especie de semidios gracias al don de la invisibilidad. Esta idea nos recuerda a los superhéroes que aparecen en los comics y en algunas películas de ciencia ficción. Estos héroes fruto de la imaginación más prodigiosa son seres abnegados que, dotados por azar de un extraordinario poder, lo ponen al servicio del bien común. Ese don de la naturaleza les permite restaurar la justicia, combatir el mal y reafirmar la esperanza de los ciudadanos en un mundo mejor. ¡La verdad es que nos podrían echar una mano! Por desgracia, Batman no vendrá, aunque le llamemos con anhelo, para desarticular las redes de crimen organizado. Tampoco podemos contar con la ayuda de Superman para evitar nuevos ataques terroristas. Ni tan siquiera podemos servirnos de la telepatía del Profesor Xavier para solucionar los graves problemas de intolerancia que existen en algunas ciudades del mundo. Por más que lo deseemos el Capitán América no vendrá a pacificar las mil y una guerras que asolan muchos rincones del planeta que apenas sabríamos situar en un mapa.

La solución a los problemas que asolan este bello, pero delicado y algo enfermo planeta depende de nosotros. En realidad, depende de los héroes que, sin estar dotados de dones prodigiosos, son capaces de superar ese egoísmo natural y mirar más allá por el bien de una sociedad más libre, más igual y más justa. Estos nuevos héroes, sin capa, sin bat-movil, sin garras afiladas, sin poder volar más que en su imaginación, son una especie escasa, a veces olvidada, pero necesaria para mantener la esperanza en un futuro mejor. Están hechos de una mezcla de ilusión y perseverancia, de una extraña fortaleza que les hace centrar sus energías en aquellos problemas en los que nadie se fija porque, en muchas ocasiones, no sabemos ni que existen.

A diferencia de Giges, estos héroes de nuestro tiempo, que están presentes en todas las profesiones, utilizan el poder del anillo para servir a los demás. Si no tenemos la valentía necesaria para convertirnos en uno de ellos, tendremos, al menos, la obligación de reconocer su labor desinteresada. Quizá sea el momento de recordar las palabras del cantante Bob Dylan: «Creo que un héroe es quien entiende la responsabilidad que conlleva su libertad».