La columna

Volver

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Existe un refrán que afirma que «el pasado siempre vuelve». Yo creo que esto lo sabían muy bien nuestros educadores cuando decían que hay que enderezar un árbol cuando es joven, porque si crece torcido así se queda, como los tópicos acebuches inclinados ante el empuje de la tramontana. Lo que pasa es que hay que ver lo que se entiende por «enderezar», a lo peor resulta que nos inculcaron una disciplina exagerada, porque también hay otro dicho que asegura que todo es según el color del cristal con que se mira. Y ya puestos, creo que vale la pena traer a colación el tango de Carlos Gardel y Alfredo Le Pera titulado, precisamente, «Volver». Debo confesar que me encanta lo del parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno, y lo de aunque no quise el regreso siempre se vuelve al primer amor.

Que el pasado siempre vuelve lo demuestran las fiestas que en Ciutadella terminaron ayer, porque todos los años, con el solsticio de verano, vuelven las fiestas de San Juan. Suele ser siempre el mismo sol chispeante, las mismas chaquetas y sombreros negros sobre camisa blanca, las mismas estrellas de espejo en la frente de los caballos, los mismos colores vivísimos entorchados en las colas de los caballos, los mismos gritos de alegría, los mismos sudores y casi los mismos traguitos de gin, los mismos azucarillos, las mismas avellanas tostadas, los mismos sueños de enamorados, los mismos motivos en las carotas, casi el mismo baile de Cenicienta en la misma beguda del Caixer Senyor. Otro refrán: «A toro pasado todos somos Manolete».

Dicen que tenemos memoria selectiva, que rememoramos el pasado no tal como fue, sino como lo recordamos. Mi primer recuerdo de Sant Joan es muy antiguo. Era un niño tan pequeño que mi tío Alfonso me cogió en brazos y me llevó a la Contramurada a que un caballo negro, de piel y ojos relucientes, me hiciera la típica inclinación de testa que llaman sa capadeta. Recuerdo que me entró miedo y me eché a llorar. Mi tío, en cambio, reía a más no poder. «No fa por, no fa cap por!» San Juan. Sant Joan. En mi siguiente imagen de la memoria me veo en un suelo de baldosas pintadas con almagre, recogiendo avellanas en una cestita para volver a venderlas a alguno de los jóvenes que se las daban de ricachón para fardar con sus novias, esas novias de entonces que les paraban los pies a los enamorados y que si no llegaban vírgenes al matrimonio eran susceptibles de ser devueltas a la familia. Y es que cualquier tiempo pasado es mejorado.