La columna

Cuenta tus penas

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«Si quieres que alguien se ría, cuenta tus penas María» dice el refranero. De modo que la sabiduría popular nos aconseja no contar nada, porque en lugar de mover a compasión moveremos a risa. Por algo dicen en catalán Mal d'altres rialles són (Mal de otros provoca a risa) Todo esto se me ocurre porque hace una semana moría en su casa de Las Vegas el humorista Jerry Lewis, a los 91 años de edad. Toda su vida parece una continua broma, incluso el hecho de que se diga que siempre tuvo una salud delicada y que haya superado los noventa años como si tal cosa. Intrigado por lo sugestivo de su nombre, me entero de que en realidad se llamaba Joseph o Jerome Levitch, lo cual también plantea dudas, puesto que no es lo mismo José que Jerónimo; pero en todo caso Jerry sería diminutivo de Gerardo, y Lewis es Luis, de modo que aquí nuestro personaje se llamaría Gerardito Luis, que no deja de ser un nombre llamativo.

Me entero también de que aun en la actualidad estaba planeando intervenir en una nueva película, y de que su filmografía roza el centenar de títulos, aunque si yo le conozco por algo es por «El profesor chiflado», The nutty professor, de 1963. Es curioso lo que ocurre con las películas, como también con las lecturas; influye en el hecho de que nos gusten no tan sólo las modas del momento, la repercusión mediática y demás, sino el propio estado de ánimo y la situación personal. En 1963 yo tenía 14 años y muchas películas que pasaban sin pena ni gloria para la crítica a mí me parecían estupendas, y si eran cómicas como en este caso conseguían que me mondara de risa. Muchos años después, cuando volví a ver «El profesor chiflado» la mayor parte de los gags me parecieron demasiado exagerados y aunque me hicieron sonreír no llegaron a entusiasmarme. Es lo que se le achacó a Jerry Lewis durante los años de su declive como cómico, que sus gestos y situaciones eran demasiado extremados, su humor un tanto excesivo.

Los años en que formó pareja cómica con Dean Martin, en concreto los primeros años cincuenta, todavía quedaban más lejos de mi alcance. Entonces aun primaban entre nosotros las cintas de Charlot, de Jaimito, del Gordo y el Flaco y los dibujos animados de Walt Disney, sobre todo Tom y Jerry, lo que llamábamos los «gatos periquitos» (Ya ven que Tom y Jerry, traducido, también sería chocante: Tomasito y Gerardito). En todo caso lo cierto es que los cómicos llenaron de luz esa época gris y de privaciones que llamamos la postguerra.

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