¿Tiene caldereta sin langosta?

Cuando Jon Nieve luchó contra el terrorismo

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En la séptima temporada de la afamada serie «Juego de Tronos», Jon Nieve se adentra más allá del Muro con un grupo de valientes para capturar a un soldado del ejército de los muertos. Tras conseguir su objetivo, se reúne con su enemiga, la reina Cersei Lannister, para pactar una tregua y unir fuerzas para luchar contra un enemigo común. Al comienzo de la reunión, Tyrion Lannister, sabio consejero de Danaerys, toma la palabra y dice a los asistentes: «Somos un grupo de personas que no nos caemos muy bien. Hemos sufrido, todos, a manos de los otros. Hemos perdido seres queridos a manos de los otros. Si tan solo quisiéramos más de lo mismo, no habría necesidad de congregarse. Somos totalmente capaces de librar la guerra entre nosotros sin vernos cara a cara». La reina interrumpe el discurso de su hermano y le dice con tono irónico: «Y deberíamos solucionar nuestras diferencias y vivir el resto de nuestros días en armonía…». En ese momento, el joven Jon Nieve espeta a la reina que «no se trata de vivir en armonía, sino solo de vivir, la misma cosa viene a por todos, un general con el que no podéis negociar, un ejército que no deja cadáveres en el campo de batalla». Dada la incredulidad de la reina, Tyrion abre la caja en la que han traído el zombi. Tras unos momentos de tensión, el muerto avanza a trompicones hacia la reina que contempla, con horror, la cara más terrible de la maldad. Jon Nieve se dirige a la reina y le dice que «si no ganamos la guerra, ése será el destino de todas las personas de este mundo. Solo hay una guerra que importe. La gran guerra y ya está aquí». Finalmente, la reina Cersei accede a que sus huestes marchen al Norte para luchar contra el ejército de los muertos. Con gesto impertérrito, la dama de los Siete Reinos sentencia: «La oscuridad llega para todos. La afrontaremos juntos».

La serie «Juego de Tronos» representa a la perfección la lucha de los hombres por el poder. A lo largo de las siete temporadas, se produce un enfrentamiento cruel entre los distintos bandos para acceder al Trono del Hierro. Los personajes, ya movidos por la justicia, el ansia de venganza, el dinero o el oportunismo político buscan un hueco en ese complejo entramado de poder, intrigas, sexo y violencia. Solo en la última temporada los personajes toman conciencia de la fragilidad del mundo en el que viven. La amenaza de un ejército multitudinario que solo aspira a la destrucción de los vivos hace tambalear las posturas de los protagonistas. ¿Qué sentido tiene discutir entre nosotros cuando un enemigo más fuerte está a punto de acabar con los Siete Reinos? Gracias a las dotes políticas de Jon Nieve y de Tyrion, la reina acaba comprendiendo que, si no quiere que la ley de la muerte impere en todo Poniente, debe unirse a las huestes del Norte y enfrentarse a ese enemigo común que piensa destruir el mundo conocido.

2 Al igual que en «Juego de Tronos», vivimos en una sociedad plural en la que existen muchos bandos que defienden posturas irreconocibles. Esa pluralidad es la sangre que oxigena nuestra democracia. Podemos (y debemos) discrepar del otro. Vivir en armonía –como dice la reina Cersei- no supone acallar las voces discrepantes, sino más bien escucharlas dentro de un marco de tolerancia. Sin embargo, los recientes atentados ocurridos en Barcelona nos recuerdan que, más allá de nuestras diferencias (que son muchas y muy saludables) existe un enemigo común: el terrorismo. Desgraciadamente, en los últimos años hemos observado las mismas escenas de dolor, rabia, odio e impotencia producidas por el uso irracional de la violencia. Estamos asistiendo al auge de un terror que pretende –como el ejército de los muertos de «Juego de Tronos»- destruir nuestra forma de vida, libertad y democracia. Más allá de las vidas que cercena, cada atentado pretende generalizar el miedo y resquebrajar nuestro modelo de convivencia.

Es el momento de aunar esfuerzos para derrotar a ese enemigo global, difuso, muchas veces invisible. A diferencia de la serie, nosotros no podemos utilizar ni el fuego ni el vidriagón para acabar con los muertos. Solo podemos servirnos de los instrumentos del Estado de derecho. Aunque sintamos miedo cuando nos enfrentamos a esta sinrazón, no podemos caer en la desesperanza porque ello supondrá la destrucción de nuestra democracia. Quizá sea momento de recordar las palabras que el rey Aragorn dirigió a sus huestes al final de «El Señor de los Anillos»: «Veo en vuestros ojos el mismo miedo que encogería mi propio corazón. Pudiera llegar el día en el que el valor de los hombres decayera, en que olvidáramos a nuestros compañeros y se rompieran los lazos de nuestra comunidad. Pero hoy no es ése día. En que una horda de lobos y escudos rotos rubricaran la consumación de la edad de los hombres. Pero hoy no es ese día. En este día lucharemos. Por todo aquello que vuestro corazón ama, de esta buena tierra, os llamo a luchar. ¡Hombres del Oeste!».