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Sueño de una noche de verano

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Como buen amante de la racionalidad política por encima de sentimentalismos contemplo con preocupación el aquelarre de inflamaciones patrióticas, ese florido pensil de banderas y discursos arrebatados y falaces, tanto esos que dicen defender la democracia mientras se saltan todas las leyes y normas bajo el tramposo lema del «derecho a decidir», como los que cifran todas sus razones en obviedades («mejor unidos que separados» o «la unión hace la fuerza») o sentimientos («soy español, español») o, lo más alucinante, en entusiastas loas a los cuerpos de seguridad que tanto temor suscitaban a los de mi generación y a quienes ahora abrazan y regalan flores los manifestantes (los independistas a los mossos y los unionistas a policías y guardias civiles). Vivir para ver.

¿Hay alguien más?, me pregunto todos los días al sumergirme en la prensa digital de todos los colores y procedencias. Me detengo en «La Vanguardia», uno de los pocos periódicos que tratan de mantener un escrupuloso equilibrio entre opiniones contrapuestas, casi siempre templadas, y encuentro una perla del profesor Daniel Innerarity que me sube la moral racionalista. Cito de memoria: «Se trata de un asunto eminentemente político que no puede ser tratado únicamente con la legalidad en la mano». «Llevamos años de explosiva mezcla de ineptitud y cobardía para aceptar el desgaste de nuestra arquitectura institucional y proceder a las correspondientes reformas…»

Entretanto habla el Rey y me deja sumido en la desolación: ni una palabra de recuerdo para las víctimas de las innecesarias y contraproducentes cargas policiales del 1-O, ninguna apelación al diálogo. Pero no leo la más mínima crítica en los diarios nacionales. Ley y Orden sin matices. Continúa Innerarity: «El Rey en su discurso ha renunciado a toda mediación y se ha situado fuera del alcance emocional de la mitad de los catalanes… Ha tratado a quienes han convocado el referéndum y a quienes han participado en él como se dirigió su padre a los golpistas del 23-F. ¿Hace falta que le recordemos que no es lo mismo?» Y concluye el catedrático de filosofía política y social: «Cuando las cosas están así, digamos que empatadas, lo razonable es pactar sin pretender humillar al adversario. ¿O preferimos continuar con la trampa de invocar los cauces legales cuando es evidente que estos cauces dan sistemáticamente la razón a una de las partes? ¿Es posible todavía el pacto que repare el estatuto dañado? ¿Por qué contentarse con una victoria cuando podíamos conseguir algo mejor: un pacto?».

En esas acaece la magna manifestación de la otra Catalunya, la que piensa y siente también en español. Escucho proclamas, veo agitar banderas rojigualdas y señeras, contemplo un arrebatado beso de tornillo entre una chica envuelta en la bandera española y un chico con la estelada, o al revés, no recuerdo. Está muy bien, pero sigo buscando ese alguien más que sobrevuele tanta pasión, tanta falacia y nos indique una luz por tenue que sea. Y aparece un clásico, Josep Borrell, jacobino donde los haya (partidario de un estado fuerte y centralizado), pero tremendamente inteligente y lúcido. No solo eso sino que se atreve a interrumpir a la turba vociferante que manda a la cárcel al presidente de la Generalitat con temple de estadista: «Esto no es un circo romano, solo el juez manda a la gente a la cárcel», y propina un pellizco a los empresarios fugitivos, «¿Por qué no lo dijisteis antes?». Glorioso.

Y llegamos al día D. Por la mañana escucho-entre otras- la tertulia de la SER, donde Enric Juliana confía (¿sabe?) en una declaración retórica que lleve a un baloncestístico tiempo muerto mientras que otros comentaristas ( Lucía Méndez) pronostican la borrasca de la DUI y su más que posible evolución hacia la tormenta perfecta. Por la tarde noche, con el alma en vilo, se aparece Moisés y en vez de cruzar las aguas del Mar Rojo guiando a su pueblo, se queda en la orilla orando a una hipotética mediación europea. Por un momento cierro los ojos y me lo creo, «Europa obligará a negociar», me repito como un mantra. Un amigo, vía whatsapp me manda emoticonos irónicos alusivos a mi ingenuidad. Pero el sueño persiste: veo a Rajoy, Soraya, Puigdemont, Junqueras y otros rostros borrosos sentados en una mesa. Luego, imágenes de todos ellos alzando sus manos unidas, rostros sonrientes…

Al día siguiente, al despertar, el dinosaurio vuelve a estar allí, aunque no al borde del precipicio como me temía sino en un más benigno limbo… Flop!, se acabó la ensoñación. ¿O no? Rajoy se muestra hoy comedido dejando hábilmente que el desatado dúo Rivera/ Arrimadas le sobrepase por la derecha. Y pregunta Aitor, el vasco del tractor del debate de presupuestos («si bien me quieres Mariano, da menos leña y más grano», «si quieres grano, Aitor, te dejaré mi tractor»), lo mismo que el profesor Daniel Innerarity: ¿Qué prefiere, señor presidente, una victoria o solucionar el problema? Ahí está la clave.