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Descompresión frustrada

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El domingo amanece radiante y notas que no te apetece la excursión diaria por la prensa virtual. Te notas mentalmente exhausto tras esa pesadilla del llamado procés y optas por otra clase de paseo, esta vez acompañado por el viejo Allen que renquea al final de la correa y pide descanso cada cincuenta metros. El Moll d'en Pons aparece idílicamente desierto pese a vislumbrarse ya el mediodía dominguero, y se ve alguna pareja aislada en una Calasfonts más bella que nunca. Pedro, del Vell Parrander, uno de los pocos que abre todo el año junto con Paco, el hortelano del Miramar, me dice que tiene sirviola fresca y quedo con él para más tarde. Me encanta el ligero toque azul de la sirviola, una vez logro ahuyentar los clichés ancestrales sobre la escasa calidad de ese tipo de pescado (¿por qué tendría tan mala prensa en nuestra infancia?)…

Con semejante maravilla ante tus ojos y en tu paladar… ¿Cómo has podido enfrascarte tanto en semejante conflicto?, ¿cómo has podido discutir peligrosamente con buenos amigos? ¿No te decía que el tal procés no tenía ni pies ni cabeza? ¿Cómo le dabas tantas vueltas hasta marearte y perder la perspectiva? Sí, ya sé que el Gobierno, un auténtico consejo de pasmarotes, lleva más de cinco años inmóvil ante un problema que lejos de desinflarse como un suflé como argüía, se iba hinchando como una coca amb oli i sucre, y frente a él había una caterva de iluminados para quienes las leyes no eran más que un juego de plastilina al que manipular indecentemente. En otras palabras, unos incompetentes (gobernar es prever) frente a unos enajenados, menudo cuadro.

Al final del viaje, pareció por un momento que los enajenados recobraban la razón, cuando el enajenado en jefe estuvo a punto de convocar elecciones, pero le flojearon las piernas cuando sus huestes le llamaron traidor y, como Thelma y Louise, decidió acelerar hacia el precipicio. Mientras tanto, el pasmarote en jefe despertó de su habitual letargo y, en un rapto de lucidez y agilidad política, el primero que se le detecta en años, decidió no hacer caso de sus facciones más asilvestradas y aplicar la terapia menos drástica, de solo dos meses y con elecciones a la vista, decisión que ha descolocado a los enajenados de guardia, aunque rápidamente han hecho de la necesidad virtud aceptando la convocatoria «para reafirmar el procés», dicen.

Y cuando pensabas que ahora se tranquilizarían algo las cosas, dado el perfil bajo que ha impuesto Rajoy y la aparente docilidad de políticos y funcionarios de la Generalitat, desayunamos con la espantada bruselense del prestidigitador Puigdemont y un grupo de exconsellers que adquiere tintes de esperpento, combinado con ese estrambótico baile de términos casi olvidados como el de presos políticos (los Jordis no lo son, aunque su encarcelamiento sea desproporcionado e innecesario), sedición, insurrección, rebelión, ¡exilio! Como si nos hubiéramos metido en el túnel del tiempo…

Y vuelves a sentir una profunda desazón porque jamás de los jamases se hubiera tenido que llegar hasta aquí. Y porque llevas años intentando matizar, proponer alternativas políticas aquí y en la prensa nacional, o por lo menos el encauzamiento de un problema político de enorme envergadura que no tiene visos de solucionarse y que no va a hacerlo con decretazos por mucho que al principio calmen las aguas. Más bien todo lo contrario; las más recientes y creíbles encuestas otorgan un afianzamiento del independentismo, así como un significativo aumento del número de españoles que abogan por una fuerte restricción de competencias autonómicas, o lo que es lo mismo, por una drástica recentralización del Estado, caminos ambos de difícil confluencia. Y sin noticias en las encuestas de una hipotética tercera vía para la negociación.

Y es que si los independentistas, lo quieren todo, Catexit sin matices y a las bravas, los constitucionalistas acérrimos no les van a la zaga en radicalismo con la unidad de España. Lo dice John Carlin en La Vanguardia, tras su expulsión de El País: «Me decepciona y me deprime constatar lo primitiva que sigue siendo la joven democracia española, en particular lo desquiciada que se vuelve cuando entra en juego el tema de la soberanía territorial…Con lo fácil que hubiera sido evitar este lío. Primero, y obviamente con un cambio en el texto sagrado de la Constitución… Con gestos conciliadores, con alguna cesión de poder a Cataluña, con un mínimo de espíritu estadista…»

Pero hoy es miércoles festivo, brilla un sol matizado por grumos de nubes plomizas y el puerto está esplendoroso. Paseamos por la vorera y me veo de niño pescando cabots mientras sueño en llegar ser el delantero centro del Barça. Pienso de nuevo en la sonrisa de mi nieta y por un momento me olvido de tanta sinrazón. Vana ilusión, llega el jueves y el sainete sube de tono: todos a la cárcel. Inmejorable inicio de campaña para los independentistas.