Café del mar

Una de federalismo interior

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La presidenta del gobierno autonómico ha adobado su discurso de descentralización administrativa hacia las islas menores con la salsa retórica del feralismo interior. Si se traspasa al Consell de Menorca la competencia de promoción turística, que es la última que ha llegado, es porque así lo prevé y lo establece al Estatuto, pero Francina Armengol lo vestía, agregaba solemnidad, con ese latiguillo con el que a su vez hacía un guiño a la etiqueta federalista que su jefe político ha puesto a la idea de España.

El resultado es que el traspaso llega con menos financiación de la esperada, ha retratado a cuantos antes en la oposición decían que no podía asumirse con menos de dos millones y, en general, en eso que llaman el sector ha causado más desencanto que satisfacción. Pero vendido como federalismo interior, la impresión es que hemos iniciado por fin una nueva era en la política autonómica.

El mensaje se reforzaba además por contraste, lo que Madrid niega a Palma, una justa financiación, aquí la isla mayor reparte con las menores. Qué bonito el mundo de la fraternité y la égalité que ha creado el federalismo interior que, en verdad, esto no es ironía, se ha descolgado este año con unos presupuestos autonómicos de generosa inversión en campos como la educación o la vivienda.

La salsa golosa y colorista del federalismo interior no ha logrado sostener, sin embargo, la mediocridad culinaria. Los siete millones que se iban a enterrar en S'Enclusa se quemaron antes en Palma en gasto corriente y los anticipos que se habían dado al Consell como torpe solución a la falta de una ley que reparta a cada cual lo que le corresponde tendrán camino de retorno. Son los dos ejemplos últimos, recientes y calentitos, aparecidos como postre. El condimento es importante, alegra el gusto pero no tanto como la materia prima, no siempre puede camuflarse por la salsa.