Contigo mismo

Madrid

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Hay un político entrecomillado que te pregunta por qué vas tanto a Madrid. Como si uno tuviera que justificar a dónde va y por qué… Ese alguien no ha estado nunca en Madrid. Y en pocas partes. Se le nota. Dicen que viajar es el mejor antídoto para el totalitarismo. El político presupone que, por el hecho de pisar tanto Sol, eres un facha (acabaremos siéndolo todos). El político no sabe que, a tus diecinueve años, autodidacta, publicabas en catalán y defendías cosas que él todavía no parece haber entendido… Y lo lamentas porque temes que la intolerancia no tiene cura… Pero, lecciones, las justas…

Madrid – se lo dices ahora- puede que sea el humo que emana de una chimenea. Ese que se contempla desde tu habitación. Madrid puede que sea el proletario que anida bajo ese mismo humo y al que quisieras socorrer… Madrid puede que sea la ciudad donde ser menorquín/catalán/español/europeo no sea defecto, sino más bien lo contrario… Y Madrid es, también, el peso de esos nubarrones que, unidos, han dado en llamarse contaminación y que dibujan una imagen goyesca de esa España negra, mudándola en símbolo de vuestras mezquindades…

Si ese político pisara Madrid –no lo hará nunca, te dijo- sabría de lo que es abrirse al mundo… Por la misma regla de tres hubo alguien que te tildó de cupero al percibir tu desmedido amor por Barcelona, en la que residiste durante años y a la que acudes recurrentemente. Tal vez sean –lo sabes- las dos caras de una misma moneda, la del fanatismo ideológico… Como si uno, en estos menesteres, no pudiera tener el corazón partido, que no roto… Aunque lo que se anhele sea, más bien, lo segundo…

En Madrid te encuentras con Águeda Reynés para tomar un café pospuesto en demasía… Visitáis el Congreso… ¿Lo mejor? Ese aperitivo posterior, en un bar, donde solo la amistad anida… Piensas, en ese momento, y expresas, porque tu condición de jubilado te lo permite y tu total inapetencia por la política te lo aconseja, que es, sin duda, una persona llena de bonhomía... Os conocisteis hace ya mucho, en una cena de Sant Antoni. Y empatizasteis… Con ella resulta extremadamente fácil. Esa misma empatía que no mermó cuando mantuvisteis posiciones dispares en una determinada época y por motivos educativos. Por eso le debes algo: evidenciar su total incapacidad para el resentimiento y expresar, hoy, ahora, lo que muchos, en los silentes días de la cobardía, expresan, pero siempre en voz baja: que fue una magnífica alcaldesa, injustamente valorada… Una mañana entrañable, pues, irrepetible… Gracias, Águeda.

El humo sigue emanando de las viviendas que divisas, en Madrid, desde tu habitación…

El que veías en la calle Provenza…

Desde tu cuartucho de estudiante…

En Barcelona…

El humo es el mismo…

No sabes de dónde nace, no sabes cómo sube. Siempre fuiste un hombre de letras. Pero esas letras te han enseñado a visitar Madrid, Barcelona, etc... Y si te apuran, esos recodos donde anidan los recuerdos, el «un estar bien», la fraternidad del ciudadano de a pie que nada sabe de sectarismos… En esos recodos, el sentido común no entiende de pasaportes, ni de supremacías, ni de… No es un mal lugar ese para vivir, no...

Barcelona… Madrid… Gran Vía... El Tricicle…

Un vendedor te ofrece un cupón. Lo aceptas. Es absurdo…Pero… Si fueras millonario pagarías millones de entradas a millones de espectáculos a millones de alumnos. En el teatro, El Tricicle vuelve a ser hermosamente devastador…

Millonario, ¡ojalá! , invirtiendo en mantas para sajar inmutables cartones…

Estás cansado. Y te retiras a tu hotel…

Desde él, desde esa terraza que otea el mundo, los indigentes no se ven…

Esos son, a la postre, los que unen, en su lado negro, a las grandes ciudades. Por eso –piensas ahora- te repugna el despilfarro que sustenta grandes mentiras finalmente reconocidas e imposibles andaduras sin mínimos porcentajes… Ese despilfarro que abandona al enfermo o al estudiante o al pobre, ese que –lo repites- jamás se divisa, desde la ventana de un hotel…