Contigo mismo

El hombre que sí existió

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Para empezar dirás que era un hombre extraño. Que acabó sus días solo. Más o menos como todos –según dicen-. No obstante, hay quien sostiene, subyugado probablemente por anacrónicos programas televisivos de esoterismo, que, de tarde en tarde, se le puede ver de anochecida por el extrarradio de la ciudad, deambulando por los alrededores de esa fábrica que él parió y sostuvo, esa que el desamor convirtió, tras su muerte, en erial...

Para continuar señalarás que siempre te asombró –y fascinó- su total incapacidad para criticar. Cuando la calumnia o la censura emanaban de bocas resentidas, él exigía pruebas. A los que le daban a la 'sin hueso' solía inquirirles: «¿Estás seguro de eso?», «¿Cómo lo sabes?». Los sembradores de cizaña enmudecían entonces, avergonzados. Se imponía, luego, un silencio incómodo. No contento todavía, añadía un hiriente latiguillo: «Y aun siendo cierto deberíamos buscar las causas... Y perdonar. Todos, tarde o temprano, urgimos y urgiremos de ese perdón». La situación era, llegado este punto, insostenible... Entre otras cosas porque los asistentes –la gente, en general- comprendían que, obviada la difamación, no sabían de qué hablar… En ocasiones proponía incluso a sus allegados que aceptaran una apuesta. Ganaría el que fuera capaz de vivir un único día sin mentir, sin criticar. En ese trance, vencía siempre... Sois –lo sabes- totalmente incapaces de mantener una conversación sin herir verbalmente a alguien o sin faltar a la verdad. Pueden –puedes- hacer la prueba...

La gente, ¡natural!, comenzó a rehuirle. Era como una conciencia personificada. El espejo de vuestras miserias. Y su autoridad moral del todo sobrecogedora...

Jamás fue capaz de odiar. Tan solo al odio mismo. No disculpaba a quien le ofendía, por la sencilla razón de que iba un poco más allá: lo exculpaba... Y se mantuvo, imperturbable, en la certeza de que esa exculpación implicaba, necesariamente, olvido.

Nunca se dedicó a la política. La única certeza que tuvo en ese mundo frecuentemente maloliente era que huía de la radicalidad, de quienes, faltos de argumentos, recurrían permanentemente a las ofensas, a la demagogia, a esas frases huecas que el pueblo, alienado, anhelaba oír. Exigía a los políticos un programa que contuviera una metodología, un listado de recursos, una temporalización, unos seguimientos, un periódico análisis de resultados, unas medidas correctoras en caso de desvíos, etc.

Para ir acabando señalarás que tuvo amigos de todas las ideologías, que abrazó a ateos y creyentes, a progresistas y conservadores, a populistas y conformistas, tal vez porque poseía la extraña cualidad de ver, tras una idea, a un ser humano...

Fundó una fábrica e hizo partícipes a sus empleados de los beneficios. Construyó para ellos viviendas sociales. En la sede central, un bar y una guardería cohesionaban y facilitaban el día a día de sus obreros... En eso –como en otras tantas cosas- estuvo, inmutable, en la vanguardia...

Ese hombre no es fruto de tu imaginación. Y, aunque en esta sociedad mudada en lodazal, cueste creer en su existencia, tú das fe de ella...

Cuando la vida, desatenta, lo abandonó a destiempo y la muerte te privó de su ejemplaridad, su mundo se deshizo como un castillo de naipes, probablemente porque se anhelaba dinero fácil, rápido y unas manos limpias de grasa y productos químicos...

Pero ese hombre fue, para ti, como un padre putativo y un referente moral que te mejoró como persona...

Dicen, sí, que de tarde en tarde, de amanecida, se le ve pululando por los terrenos donde edificó su empresa, convertidos, hoy, en erial. Y dicen también que su cuerpo proyecta una alargada sombra que recuerda, poderosamente, a la de un tal Alonso Quijano. De hecho, ambos tuvieron mucho en común...

P.S.- Trump quiere armar a los profesores y dotarlos de preparación militar. A él le dedicas estos versos de Miguel Hernández, en la yerma esperanza de que sepa leer y/o comprender: «Tristes armas/ si no son las palabras./ Tristes, tristes.»