Dijo el antiguo líder socialista Alfredo Pérez Rubalcaba hace unos días que ETA «tiene pavor a que la historia diga que no consiguió nada». Sus 'logros' durante más de 60 años de asesinatos son sobradamente conocidos: 853 muertos, más de 2.500 heridos, 79 secuestrados y las familias de todos ellos destrozadas.

Hizo esas declaraciones Rubalcaba a propósito de la perfomance que escenificó la banda terrorista en la localidad francesa de Cambo para anunciar que disolvía sus estructuras y daba por «concluido el ciclo histórico y la función de la organización». Fue, en palabras de Josu Ternera y María Soledad Iparaguirre, dos de sus más insignes sanguinarios, el final del conflicto. ¿Por qué le llaman conflicto cuando no fue otra cosa que la imposición del terror para acabar con la vida de tantísimos inocentes?.

En su último comunicado ETA ni siquiera hizo referencia a esas víctimas que días atrás había discriminado pidiendo perdón solo a las que no habían tenido participación directa en la falsa disputa.

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No hay que ir más allá para que hierva la sangre en quienes padecieron lo sucedido desde la muerte del dictador hasta que los terroristas quedaron sin capacidad operativa para seguir matando, cercados por la presión policial.

Observar la puesta en escena de la derrota pretenciosamente blanqueada con políticos de Bildu, PNV y Podemos, acompañados por otros testigos internacionales, no deja de ser otro atentado cruel para quienes tienen hijo, marido o cualquier familiar enterrado en el cementerio.

El final de ETA tiene su componente positivo, es evidente, aunque lleve años sin matar por falta de estructura organizativa. Corresponde ahora a todos los que conocen el pasado transmitirlo como fue y no como pretenden que sea. No puede haber interpretaciones ni medias verdades en las ikastolas vascas. Los asesinos de la banda siempre serán asesinos. Ese el único lugar que ocuparán en la historia.