Contigo mismo

La ciencia y Dios

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Amas este país. Y no únicamente durante los Mundiales, ese evento que envalentona a los españolitos de a pie, que osan colgar entonces -y solo entonces- de sus balcones banderas patrias. Esas que guardarán, celosamente, y con temor, una vez concluido ese circo tan útil al poder...

Amas este país. Aunque, en ocasiones, no sabes, a ciencia cierta, por qué. De hecho sois fanáticos, intolerantes, frecuentemente incultos y bobos osados. Solo los bobos, sí, lo son: osados.

Hace poco un ejemplo se mudó en paradigma de lo expuesto. Una conocida política exclamaba sin recato: «La ciencia ha demostrado, desde hace ya siglos, y de manera contundente, la inexistencia de Dios». Y, todavía no contenta con su contundente apreciación, añadía: «Resulta del todo imposible hallar a un solo científico que haya creído en esa memez». La cita -temes- es increíblemente textual…

Ahí estaban, juntitos, todos los ítems de los que hablabas: fanatismo, intolerancia, incultura y osadía. Por no hablar de una absoluta incapacidad para tener cierta amplitud de miras. No es que te inquietara su ateísmo, pero sí su total falta de conocimiento y estúpida radicalidad. Presumes (eres un tío afortunado) de contar con amigos que profesan los más distintos credos e ideologías. Cuentas con colegas de izquierdas y de derechas; creyentes y agnósticos; culés y madridistas, etc. Y, en vez de rehuiros, os reunís, os queréis, os respetáis y compartís, además, ideas, planteamientos, discrepancias y sentimientos que, en vez de alejaros, os aproximan; que, en vez de radicalizaros, os enriquecen; que en vez de enemistaros, acrecientan la querencia ya habida. Únicamente hay un factor en común (exceptuándote, probablemente, a ti): no hay, entre ellos, bobo alguno...

Sobre su primera afirmación, le recomendarías a esa señora la lectura del texto «La ciencia desde la fe» (Espasa, 2016) y del que es autor el prestigioso biólogo –y, por lo tanto, científico- Alister McGrath, donde se sostiene la tesis, sólidamente argumentada, de que, y citas textualmente, «los conocimientos científicos no cuestionan la existencia de Dios». Entrar en una polémica sobre una materia tan sutil con una persona enclaustrada en su cerrazón ideológica te parece un ejercicio estéril, así que lo obviarás, aquí y ahora.

Pero no harás otro tanto con su segunda afirmación. Recordémosla: «Resulta del todo imposible hallar a un solo científico que haya creído en esa memez». He aquí algunas muestras de lo contrario...

«Como observador de la Naturaleza, no puedo evitar pensar que existe un orden superior. La idea de que todo es fruto de la fortuna para mí es inaceptable» (Carlo Rubbia, Nobel de Física). «Mientras más vamos conociendo nuestro universo, la probabilidad de que todo se haya dado por procesos casuales se vuelve cada vez más remota» (Arthur H.Compton, Nobel de Física). «Las únicas respuestas posibles son de orden religioso» (Arthur L.Schawlow, Nobel de Física). «Detrás de la fuerza que hace vibrar las partículas atómicas debemos suponer un espíritu inteligente y consciente» (Max Planck, Nobel de Física). «Todo el que está involucrado en la búsqueda de la ciencia se convence de que en ella se manifiesta un espíritu muy superior al del hombre, frente al cual debemos sentirnos humildes» (...) «El hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir». (Albert Einstein, Nobel de Física). «El primer trago de la copa de las ciencias naturales te volverá ateo; pero en el fondo de esa copa te espera Dios» (Werner K. Heisemberg, Nobel de Física)...

En ocasiones tienes un descorazonador sueño onírico sobre tu país. En él, la nación está poblada por seres que no se relacionan. Seres que, por tanto, se empobrecen. Cada uno, cual caracol, va con su inmutable verdad a cuestas, encerrado en ella. Nada en común es posible. Es un paisaje desolador, como el de esos niños que, en los patios de los institutos, se mudan en islas aferrados a sus móviles... ¡Qué triste, de verdad! Luego despiertas y políticas como la citada te muestran que lo tuyo tuvo poco de sueño y, por desgracia, mucho de realidad...