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Me mola. Que de la noche a la mañana Menorca se haya convertido en un destino de acción, de aventura, de adrenalina... a mí me parece un acierto de lujo. En un mismo verano hemos ofrecido la posibilidad de nadar con tiburones, cazar tornados, encontrarnos una carabela portuguesa o compartir olas con unos cachalotes, además de lo que ya solemos.

Al tradicional safari entre mosquitos tigre que parecen pterodáctilos, piscinas termales gracias a la micción infantil descontrolada y a discreción, la aventura de conducir en una carretera general casi peor que algunas de Perú o India -comprobado-, y un año más en estado deplorable, y la misión imposible de aparcar en Galdana, ahora se suma un ristre de posibilidades que por sí solas tienen su propio tirón.

Anda el Mediterráneo revolucionado desde el avistamiento del Tiburón Blanco que quedó en entredicho. No me extraña, no a todo el mundo le ilusiona nadar con animales despiadados que matan por placer y sin sentido, como los seres humanos, o animales majestuosos muy celosos de su espacio vital, como el Gran Blanco.

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Hay cosas que se pueden controlar, como el estado de la carretera, y otras que surgen inesperadamente, como el impactante paseo del escualo por aguas del Arenal den Castell. La abismal diferencia entre unas y otras pasa por el hecho de que las primeras son culpa nuestra, bueno, en realidad de ellos, y las segunda las tenemos que aprovechar.

Pero bueno, en realidad qué más da, lo del turismo digo. Si andan unos celebrando que hay playas vacías en plena temporada turística, felicitándose por gestiones que consideran brillantes cuando vivimos de que precisamente esas playas se llenen, no que se congestionen.

Deberíamos preocuparnos de cuidar un poco mejor al que viene sin vendernos ni perder nuestro encanto, aunque sí teniendo en cuenta que cuando se arreglen las cosas que se están empezando a arreglar en otros destinos turísticos seremos uno más del montón, y del montón de los destinos caros.

Así que no nos irá mal si podemos mantenernos con la etiqueta de destino turístico de aventura, aunque el jamacuco que le pueda dar a uno si se cruza con un tiburón blanco en Sa Mesquida sea importante.