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«Me encanta el efecto invernadero» escribía hace unos lustros un lector en el «Times» de Londres y me hizo sentir muy cerca de él porque me aproximo a la beatitud existencial cuando estoy calentito. Por el contrario el frío me descompone, empiezo a encogerme (orugarme en el catalán de Menorca), a estornudar compulsivamente y a veces me convierto en una ciénaga de mucosidades que me llevan al antihistamínico y a la cama. Ahora en estos inicios de agosto todos nos quejamos del calor extremo, veo a la gente derrotada, inane, y sin embargo yo no encuentro grandes variaciones en mi vida gracias a mi árbol privado. Pero ¡ay!, mi gozo en un pozo, los mosquitos me acribillan y me llenan de faves («habas», en el castellano de Menorca)…

Allen, mi pequeño y viejo amigo, ciego, blanquísimo (¿será madridista el muy c.?), y con cierta desorientación audio espacial (le llamo y se va para cualquier lugar menos donde estoy), se comporta más como la mayoría de sofocados que como su amo o el lector del «Times». Apenas olisquea el pienso y esta mañana me ha despreciado desdeñosamente la galleta maría que le doy todos los días. Está siempre tumbado a la sombra, cambiando de sitio según los momentos del día, mirando sin ver y huyendo despavorido cada vez que le sugiero la posibilidad de darle un chapuzón…

Cada x horas acudo a mi ordenador para comprobar si el Barça ficha a algún jugador fino, elegante y de toque y me encuentro con un tal Arturo Vidal con peinado de indio navajo y tatuado hasta más allá del ombligo. No me gusta, la estética en fútbol también es importante, al menos debería serlo para un club que intenta extraer vetas de arte a un juego. Antes de apagar el portátil compruebo con desazón la ristra de solicitudes de amistad en Facebook, personas además por las que siento afecto, y es así porque jamás he entrado en la citada red o plataforma o como se llame y he intentado sin éxito que me borren. Me siento mal porque me tengo por una persona sociable y no quisiera que los solicitantes me malinterpretaran. Simplemente no me gustan las redes sociales, no juego, eso es todo.

En la mañana sabatina, mientras contemplo en soledad las aquietadas aguas de Alcaufar con una sensación de paz seráfica, en la que sería capaz de abrazar al mismísimo Sergio Ramos, por contraposición me viene a la cabeza una diatriba de Javier Marías sobre las masas de indignados que pululan por nuestro país. Según el perspicaz escritor madrileño, quien por ironías de la vida se irrita a menudo, hay una fuerte corriente cejijunta universal y quienes gozan de más éxito y seguidores suelen ser tipos broncos y hoscos, los que echan pestes, insultan a troche y moche y jamás razonan…

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Uno tiene la ventaja de no estar dotado para la indignación (salvo cuando el Real Madrid, vuelve a ganar de forma peculiar, Karius mediante, otra Champions) pero aun así me esmero en limar aristas y poner la otra mejilla como me enseñaron de pequeño los Hermanos, antes de entrar en un estado de cólera que no hace más que obnubilar y entorpecer la imprescindible capacidad de razonar, hoy sustituida por el indignado prejuicio de trinchera. Pero ocurre, según constata Javier Marías que hasta los diarios dedican media página a los tiquis miquis de turno o a los furibundos vocacionales, y les confieren dimensión…

Pero el hecho de no estar genéticamente dotado para la indignación y anestesiado por el ullastre no le convierte a uno necesariamente en un irresponsable pasota de la cosa pública. Me preocupan los balances turísticos porque la Isla vive mayoritariamente de su bonanza, me gustaría una carretera segura sin adefesios o con los mínimos posibles (el cruce de la Argentina), aspiro a una financiación autonómica más justa, y a un equilibrio entre seguridad en la carretera, un turismo pujante, y la conservación de Menorca como Reserva de la Biosfera según el interesantísimo modelo islandés que explicaba hace unos días en estas páginas Guillem López-Casasnovas…

Y tirando por elevación, me preocupa mucho la creciente trumpización del mundo por lo que conlleva de trivialización de la mentira, llamada ahora fake news, el reforzamiento de fronteras versus comunidad de naciones, guerras comerciales injustificadas, el fin de la diplomacia y sus laboriosos acuerdos, sustituida por el postureo con dictadorzuelos de tres al cuarto, la suicida insensibilidad ante el cambio climático, la temeraria demonización del inmigrante… ¿Un incipiente neofascismo en el horizonte?

(Continuaré con el tema si los mosquitos y el señor director lo permiten).

PS.- Nito Tudurí, además de ser un gran deportista hizo sus pinitos periodísticos reseñando el fútbol aficionado en el tiempo ya lejano (años 81-82) en que dirigí las páginas deportivas de «Es Diari», y fue siempre un compañero afable y fiable, prudente y ordenado en su trabajo. Los compañeros de «Menorca Deportes» de aquellos años siempre le recordaremos con cariño.