¿Tiene caldereta sin langosta?

¿Qué pasará cuando vivamos más de cien años?

|

Valorar:
Visto 142 veces

El día 30 de septiembre de 2012 Antisa Khvichava encontró la luz al final del túnel. Su vida se apagó cuando tenía 132 años. Había nacido en Georgia en 1880. Su marido había fallecido en 1949. Cuando dejó de trabajar en 1965 –¡todavía no habíamos llegado a la Luna!- Antisa tenía más de ochenta años. Gracias a su extraordinaria longevidad, había sobrevivido a todos sus hijos. Tenía diez nietos, doce bisnietos y seis tataranietos. Tras su fallecimiento, muchos se preguntaron por el secreto de su ancianidad. Por lo visto, bebía una copa de brandy al día y solía pasar las tardes jugando al backgammon. Aunque siempre había gozado de buena salud, los últimos años pasaba la mayor parte del tiempo en la cama haciendo punto. La noticia de su fallecimiento provocó un gran revuelo. ¿Se trataba de la persona más anciana del mundo? Aunque se había perdido su partida de nacimiento, otros documentos –entre ellos, el pasaporte soviético- acreditaban que Antisa había nacido en el siglo XIX.

El extraordinario avance de la medicina y la mejora del Estado del bienestar han propiciado un aumento considerable de la esperanza de vida. Se estima que la longevidad está incrementándose en los países occidentales a una tasa de dos años y medio por década, es decir, 25 años por siglo. En España, un recién nacido tiene actualmente una ganancia de vida de cuarenta años respecto a la expectativa que tenía su abuelo cuando era bebé. En el año 2017, había en España un total de 17.423 centenarios lo que suponía un incremento del 300 por ciento respecto a 2002.

Estos cambios demográficos suponen un reto de primera magnitud para las sociedades occidentales. ¿Cómo será nuestra vida si vivimos más de cien años? ¿Cuánto tiempo vamos a dedicar a estudiar y formarnos? ¿Y cuándo nos jubilaremos? ¿Será normal tener varios matrimonios a lo largo de la vida? ¿E hijos de diferentes parejas? ¿Influirá el envejecimiento de la población en las opciones políticas más influyentes? ¿Dejará de estar sobrevalorada la juventud? ¿Podrá una sociedad envejecida mantener un sistema justo de pensiones? ¿Habrá trabajo para todos? ¿Y durante cuántos años?

León Trotsky escribió en su «Diario en el exilio» que: «La vejez es lo más inesperado que le pasa al hombre». Aunque no seamos conscientes, el aumento de la esperanza de vida provocará una auténtica revolución en nuestra manera de vivir. Es posible que la vida laboral empiece mucho más tarde. La etapa formativa se prolongará unos cuantos años más. Quizá se instaure una suerte de «año de reflexión» que permita a los jóvenes sopesar de forma tranquila las opciones de que disponen antes de iniciar sus estudios o su vida laboral. Es posible que se generalice la idea de casarse en más de una ocasión. De hecho, en España los matrimonios entre mayores de 60 años se han multiplicado por cuatro en cuatro décadas. Los partidos políticos prestarán cada vez mayor atención a las demandas de los jubilados. El espacio público de las reivindicaciones posiblemente girará desde una juventud contestataria hacia una cuarta edad más reflexiva pero igualmente exigente que reclame mejoras en las pensiones, la atención sanitaria y los cuidados de los dependientes.

Estos cambios no deberán olvidar una cuestión fundamental: la construcción de una filosofía –o, si se quiere, manual de instrucciones- que establezca algunas ideas para cubrir ese período que, sin duda, abarcará treinta o, incluso, cuarenta años desde la jubilación. ¿Qué hacer durante tantos años? Esta filosofía de la longevidad deberá abordar, sin duda, los peligros de la soledad. En el caso de Japón –el país más longevo del mundo- se han dado casos de ancianos que han cometido pequeños delitos para intentar ingresar en prisión y sentirse más acompañados. Si somos veleros a la deriva en el mar de los años, quizá debamos construir una carta náutica que nos ayude a arribar con dignidad al último puerto de llegada. Quizá nos sirvan de ayuda en este viaje los versos de Borges en su «Arte poética»: «Ver en el día o en el año un símbolo/ de los días del hombre y de sus años/ convertir el ultraje de los años/ en una música, un rumor y un símbolo».