Contigo mismo

El hombre del lazo negro

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Sesenta y un años. Jubilado. Cansado. Perdido. Sabedor de que nunca llegará a ver lo que ya creía haber visto. Pero, como la paloma de Alberti, se equivocó. Periodista, corresponsal de guerra (había retratado todos los infiernos terrenales urdidos por el hombre), llegó, envejecido -el dolor tiene esas cosas- a Menorca. Anhelaba aislarse. Olvidarse del mundo del que no podía apearse (¡ojalá!). Obviar las noticias de las tres, de las nueve, de las diez (esas en las que, frecuentemente, la noticia se adobaba con el sadismo de unas imágenes tan prescindibles como rentables), de las...

Buscó esa desconexión con su cámara. Fotografió todas las fiestas patronales. Las fiestas de Joan, de Bartomeu, de Llorenç, de Jaume... Se emborrachó de luces, de imágenes de jóvenes con ojos todavía vírgenes respecto a las atrocidades humanas, del civismo de los caballos que hacían lo indecible para no herir a quienes los martirizaban, de esperanzas personificadas en niños sonrientes sobre los hombros de sus padres, de...

Ahora está en la playa. Viste de blanco: bañador blanco, camiseta blanca... Y luce, a modo de antítesis, un lazo negro que despierta curiosidad. Nadie, sin embargo, pregunta. Acaba de tirar su móvil de última generación al mar...

Anhelaba aislarse -lo dijiste ya-. Pero los whatsapps, las teles de los chiringuitos, los diarios en el hotel, las conversaciones oídas sin querencia, le seguían describiendo un mundo en convulsión...

Está en la playa. Sin embargo, no se baña. Al hacerlo, siempre piensa en los niños de las pateras que murieron en ese mismo mar. Alguien se empecina, ahora, sí, ahora, en criticar a los que llegan al país en busca del paraíso... No importa si los que entran son mujeres embarazadas o bebés... A la postre, para ese cabrón criticón de toalla contigua, no son sus mujeres, ni sus bebés...

61 años. Jubilado. Piensa -asqueado- en países europeos suministradores de armas a dictadores que, con su locura y ambición, fuerzan el éxodo de los suyos. Países europeos que, de cara a la galería, luego, y como plañideras, intentarán paliar ese mismo éxodo, del que, en gran medida, son directos responsables.

Ahora está, sí, en la playa. Sin embargo, no se baña. Una camiseta amarilla abre la puerta de su mente a Catalunya. Y se pregunta dónde está esa Catalunya cosmopolita, tolerante, culta, europea, abierta, bella que conoció hace décadas. ¿Quién la sajó? ¿Quién la cercenó? ¿Quién la partió en dos? ¿Quién importó el modelo de las dos Españas a su territorio? ¿Qué intereses se ocultan, verdaderamente, tras ese drama inaprehensible?

Ahora está en la playa. Sin embargo, no se baña. Percibe el aroma de la violencia atávica nacional rediviva. Y recuerda aquella fotografía histórica de su compañera Marisa Flórez en la que se veía a Dolores Ibárruri, Pasionaria, descendiendo las escalinatas del Congreso tras las elecciones de 1977, con sus piernas deformadas por la vejez y la historia. Alberti, a su lado, socorriéndola. Un símbolo de la reconciliación que un Mr. Bean, pero exento de gracia, quebró un día, no hace mucho, desde su imbecilidad borreguil, desde su incompetencia de niño alelado...

61 años. Jubilado. Cansado. Perdido. Sabedor de que nunca llegará a ver lo que ya creía haber visto: la definitiva reconciliación. Pero se equivocó. La violencia soterrada, el revanchismo, el odio han sobrevivido. Como enfermedad letal, se han ido transmitiendo de generación en generación por padres y abuelos sedientos de inconfesables propósitos...

61 años. Jubilado. Cansado. Perdido. Sabedor de que nunca llegará a ver lo que ya creía haber visto...

Goya, Delibes, Hernández...

Cómo él. No lo vieron...

Y en la playa, vestido de blanco, con lazo negro, recita los versos de Miguel: «(…) Tristes armas/ si no son las palabras./ Tristes. Tristes./ Tristes hombres/si no mueren de amores».

Viste de blanco y lazo negro. Quiso aislarse... Pero, ni tan siquiera eso le permitieron...