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Ejemplaridad: sobre ministros y monarquías

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Antiguamente existía un término que, por incómodo, ha caído en desuso: ejemplaridad. De él emanaba, frecuentemente, el respeto...

- ¿Lo recuerdas?

- Perfectamente –te contestas-.

Trabajabas en el ‘San Juan Bosco’, un centro de F.P. de Ciutadella donde se impartían -¡ay!- ramas de Bisutería y Calzado (fagocitadas hoy por el todopoderoso sector servicios). Con el tiempo, ese instituto se convirtió en el actual ‘Maria Àngels Cardona’. Fue rebautizado –lo sabes- porque algunos ‘progresistas’ pensaron que no se podía poner el nombre de una persona a un centro por el mero hecho de ser santa. ¿? ¡País!

- ¿Y?

- Fue ahí cuando, en un claustro, un ‘profesor’, igualmente entrecomillado, se quejó amargamente al claustro de que sus alumnos no le respetaban. El director, un hombre bueno y recto, que estaba hasta las narices de ese ‘docente’, le espetó: «El respeto se conquista, no se regala»... El aludido palideció, enmudeciendo...

Crees que, efectivamente, el respeto se conquista, no se regala…

Una fiscal de la Audiencia Nacional, en conversaciones negadas y luego admitidas por la rotundidad de una verdad empecinada, se entrevista con un ‘comisario’. Se entera, entonces, de que este montó una ‘agencia de modelos’ para obtener ‘información vaginal’ de políticos (¡A la vista está!) y hombres de relevancia. La misma fiscal que era conocedora de encuentros con menores de edad de jueces y fiscales españoles en Cartagena de Indias. Y la susodicha calla y no denuncia los hechos, lo que hubiera hecho –y perdonen la reiteración del término- cualquier hijo de vecino. Una fiscal que va de ‘progre’ (¡otra vez las comillas!) y feminista. ¿No implica ese silencio complicidad? Para más inri, esa mujer parece presa de cierta homofobia. Referirse a un compañero como ‘maricón’ –temes- no es, cuando menos, políticamente correcto... Pero lo ocurrido alcanza el grado de esperpento cuando la ilustre señora, doña Dolores, se muda en ministra y ¡ministra de Justicia! Ante las críticas recibidas deja aflorar su Hyde, ese Hyde que vocifera, grita y se empecina en no enmendarla. Pensará que se le falta al respeto, pero, como decía tu director, eso se gana... Y el ciudadano de a pie a la espera –espera eterna- de una regeneración que no llega. Ni llega, ni se la aguarda. Como la aguardaron, igual e inútilmente, Moratín, Larra, Machado, Hernández...

También a la monarquía debería exigírsele ejemplaridad. Y a eso no ayuda el que la casa real haya subido a los suyos, recientemente, el sueldo... No creo que, sin esa modificación salarial, la ilustre familia no pudiera llegar a fin de mes. ¿Tendrá la citada casa real real idea de lo que sucede en el país? Baste con unos ejemplos: un millón doscientas mil personas viven, hoy, con un mínimo de dignidad, gracias a la acción de Caritas... Hay gente a punto de ser desahuciada, pobres energéticos, jóvenes con sueldos repugnantes, pensiones que provocan vergüenza ajena, millones de parados, gentes que duermen en las calles de la soledad y el desamor... ¿Para qué seguir? ¿Qué opinarán esos desheredados, en su fuero interno, sobre el monárquico aumento?

- Y no solo ellos... Y tú y...

- Y tantos otros...

Los ejemplos de esa ausencia de ética no tendrían fin: futbolistas protagonizan anuncios en los que se incita a jugar al póker on line, olvidándose de que son referentes para muchos adolescentes; universidades que expiden certificados como si se hubieran mudado en churrerías de indecencia; ausencias de argumentos y superávit de insultos; populismos fariseos y... Hasta llegar igualmente a las miserias individuales: las de aquellos que cobran en negro parte de una venta inmobiliaria; los que pudiendo trabajar se aferran al cómodo paro; los que están permanentemente de ‘baja’, cual ‘enfermos imaginarios’ de Molière, etc...

Ejemplaridad. No es de extrañar que el término haya caído en desuso... Porque las palabras, a la postre, no hacen sino reflejar la realidad a la que designan. Y de eso, de ejemplaridad –temes- ya no parece quedar en botica...