¿Tiene caldereta sin langosta?

Si duele, no es amor

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Cuenta la leyenda que una rana estaba nadando dentro de una cazuela llena de agua. Aunque ella no lo sabía, la cazuela se estaba calentando a fuego lento. Al cabo de un rato, el agua estaba tibia. A la rana le parecía agradable y, por tanto, seguía nadando. Poco a poco, la temperatura fue subiendo. El agua empezó a calentarse. La rana no se inquietó porque el calor le producía una sensación agradable. Una mezcla de fatiga y somnolencia. Más tarde, el agua se puso caliente de verdad. A la rana empezó a parecerle desagradable. Sin embargo, ya no tenía fuerzas para escapar de la cazuela. Se limitó a aguantar. Tenía la esperanza de que el agua se enfriara. La temperatura del agua fue subiendo poco a poco hasta el momento en que la rana acabó hervida y murió sin haber realizado el menor esfuerzo por salir de la cazuela.

Esta parábola, escrita por el filósofo franco-suizo Olivier Clerc en su libro «La rana que no sabía que estaba hervida… y otras lecciones», sirve para describir que la falta de conciencia acerca del deterioro progresivo impide tomar decisiones a tiempo que puedan revertir la situación. Si la rana se hubiera sumergido de golpe en el recipiente con el agua a cincuenta grados, ella se habría puesto a salvo de un enérgico salto. Como indica Clerc, el relato de la rana «demuestra que un deterioro, si es muy lento, pasa inadvertido y la mayoría de las veces no suscita reacción, ni oposición, ni rebeldía». Esta situación se produce en muy diversos contextos, entre otros, en relaciones de dependencia emocional. Mientras el individuo se encuentra en su zona de confianza, no percibe los cambios menores que se están produciendo a su alrededor que, en realidad, suponen un deterioro del afecto, el respeto y la confianza. Se produce un desgaste emocional progresivo que acaba atrapando a la persona hasta el punto de que no percibe ninguna salida.

El ‘síndrome de la rana hervida’ se produce, por desgracia, en muchos casos de violencia de género. Como explica el psicólogo Enrique Echeburúa, si el maltrato comienza de forma brusca e intensa, la víctima suele buscar ayuda externa o intenta separarse. Sin embargo, cuando se va produciendo poco a poco, la mujer, en ocasiones, opta por luchar para que la relación salga adelante. La víctima sobrevalora la esperanza de que se produzca un cambio en la pareja y empieza a buscar explicaciones a la conducta del agresor hasta el punto de justificarlas. Se produce una reinterpretación de la realidad para poder adecuarla a las expectativas que se tiene de la relación afectiva. Al principio, cuando se produce el primer roce o insulto, la mujer niega la importancia del problema («tenemos nuestros más y nuestros menos»). Más adelante, se intenta justificar la conducta diciendo que la pareja es muy pasional. Para minimizar la situación, la víctima opta por centrarse en los aspectos positivos de la pareja («él es el único apoyo en la vida»). En la siguiente fase, la víctima sobrevalora la esperanza del cambio en la pareja («cuando nazca nuestro hijo, se tranquilizará») o empieza a sentirse culpable de la violencia sufrida («la culpa es mía por haberme casado con él»). En la última etapa, la mujer intenta por todos los medios justificar su permanencia en la relación («si dejo a mi marido, ¿qué será de mí? ¿y de nuestros hijos?») o, simplemente, se resigna a una situación a la que no le ve salida («¡qué le vamos a hacer! La vida es así y yo elegí casarme con él»).

La violencia de género constituye, sin duda, una de las lacras más terribles de nuestra sociedad. Detrás de este complejo fenómeno, subyace la voluntad del agresor de dominar a la víctima y negar su capacidad para tomar decisiones en el ejercicio de su libertad. Cuando un hombre agrede a una mujer, está diciendo «eres mía» lo que supone una concepción patrimonial contraria a la dignidad humana. Por desgracia, el afecto que se profesa al agresor impide ver la violencia, especialmente, cuando ésta se va produciendo de forma paulatina, mermando los recursos psicológicos de la víctima hasta dejarla incapacitada para mirar al futuro con esperanza. Enseñar a las mujeres a identificar esta peligrosa deriva, denunciar y buscar ayuda es una responsabilidad que nos corresponde a todos si queremos una sociedad más justa e igualitaria. Quizá sea el momento de recordar las palabras de San Agustín: «A fuerza de ver todo, se termina por soportarlo todo. A fuerza de soportar todo, se termina por tolerar todo. A fuerza de tolerar todo, se termina por aceptar todo. A fuerza de aceptar todo, ¡se termina por aprobar todo!».