La columna

Tiempo de setas

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Hoy tendría que hablar de setas, puesto que he ido a buscar setas. Me ha llevado mi amigo Mión Triay, que ha tenido a bien regalarme las que él ha encontrado, porque yo ya le había dicho, antes de salir, que podría calificarme de ‘buscador’ (cercador) pero no de ‘encontrador’ (trobador) Esto de ir a por setas, cuando llega esta época, es como una religión en esta parte del mundo. Y los feligreses de esta parroquia son celosos de su arte, y no suelen soltar prenda sobre la ubicación del rol·lo (corro) que frecuentan. Pero es que de un tiempo a esta parte la costumbre de salir a buscar setas se ha generalizado tanto que algunos predios se constituyen en una especie de lugar de reunión para aficionados y solo falta que monten un parking privado para tanto coche. Los hay que salen armados de traje de hule, guantes, rastrillo y hasta móvil para localizarse en el soto, entre la espesura de los matorrales y demás vegetación. Sin embargo, la primera imagen que conservo de las setas es la del abuelo de mi prima Claudia montado en bicicleta, con un cesto atado al portaequipajes, que regresaba de sus quehaceres campestres con un buen acopio de esclata-sangs o níscalos, los asaba sobre la plancha de la cocina de carbón, les añadía sal y aceite de oliva crudo y estaban riquísimos entre dos rebanadas de pan blanco. Tiempos heroicos en que cualquier trabajador podía encontrar setas en el monte bajo, a poco que se entretuviera en buscarlas. Hoy el terreno está peinado, como quien dice, y para encontrar buenos ejemplares hay que meterse literalmente entre matorrales y espinos, además de rezar unos cuantos padrenuestros a Santa Rita, patrona de los imposibles.

La aventura de coger setas tiene, además, sus riesgos. Uno puede encontrarse con un guarda que te obliga a tirar el contenido del cesto y hasta lo pisotea con saña, o puede sufrir, después de una búsqueda intensa, arrastrándose a gatas entre el boscaje, de un dolor insoportable en salva sea la parte. Lo sé porque una vez me ocurrió a mí, y el urólogo me dijo, le voy a hacer una pregunta y usted solo me contesta sí o no; ¿ha ido usted a buscar setas? De modo que si le duelen a usted «los mismísimos» no se asuste y vaya a por setas al supermercado. Pero, cuidado, tenga en cuenta que en nuestras islas se conocen más de 700 especies distintas de setas, de entre las cuales solo 150 son comestibles. Existen además 60 especies de setas tóxicas, 8 de las cuales son mortales. Y todas son beneficiosas para el bosque.