¿Tiene caldereta sin langosta?

Conecta con tu familia

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Se abre el telón. Cuatro familias españolas entran en el escenario y se sientan alrededor de una mesa que simula la cena de Nochebuena. El presentador del programa anuncia las reglas del concurso. Si aciertas, te quedas. Si fallas, tienes que abandonar la cena. Los concursantes deben acertar las preguntas que les vayan formulando. El presentador empieza con la familia Andrés-Lorenzo. La pregunta va dirigida a Julia: «¿Qué filtros de animales puedes encontrar en Instagram Stories?». En apenas unos segundos, la joven dice: «Un perro, un conejo y un gato». El presentador se dirige ahora a la familia Fernández-Gómez: «Alberto, ¿qué es el swish swish?» El chaval enseguida responde: «Un baile» y comienza a interpretarlo. En las siguientes rondas, el presentador sigue realizando preguntas sobre las nuevas tecnologías, personas famosas, expresiones de moda, etc. Sin embargo, a medida que avanza el concurso, se incrementa la dificultad. El presentador pregunta a una joven: «¿Cómo se conocieron tus padres?». Sorprendida por la pregunta, la joven termina admitiendo que no lo sabe y queda eliminada. Tiene que abandonar la mesa. A lo largo de los siguientes minutos, el presentador sigue preguntando a las cuatro familias. ¿Cuál es el puesto de trabajo de tu padre? ¿Qué carreras estudió tu abuela Gloria? ¿Cuál es el grupo favorito de tu hijo? ¿Qué sueño le queda por cumplir a tu mujer? ¿Qué marcó la infancia de tu abuela? ¿Por qué tu padre no pudo ser futbolista? ¿Cuál es la gran pasión de tu abuelo? Tras varias rondas de preguntas, solo tres personas quedan en sus mesas. Son los únicos que han contestado a todas las preguntas sobre la vida de sus familiares. Uno de ellos se dirige al presentador y le dice: «Cuando me han dejado solo en la mesa, me he sentido un poco triste».

Este concurso aparece en el spot navideño de IKEA realizado por la prestigiosa firma de publicidad MRM/McCann. En apenas cuatro minutos, los concursantes constataron una (incómoda) realidad: apenas conocían a sus familiares. Estaban sentados a la mesa con extraños. Desconocían qué ilusiones habían impulsado su vida. No sabían con certeza qué sueños les restaban por cumplir. Ignoraban qué sucesos del pasado les habían atormentado.

Aunque se trate de un experimento con fines publicitarios, posiblemente se obtendrían unos resultados parecidos con otras familias escogidas al azar. ¿Por qué se ha producido este fenómeno? ¿Existe algún motivo para que cada vez conozcamos menos a las personas que nos rodean? ¿Tenemos miedo a la conversación? ¿Somos más superficiales que hace cincuenta años? Las redes sociales y las nuevas tecnologías de comunicación han influido decisivamente en nuestra manera de relacionarnos con el entorno. Hemos ido sustituyendo progresivamente la conversación presencial por los mensajes instantáneos, los memes, las grabaciones de audio y las partidas de juegos online. En apenas unos años, hemos «migrado» -como un servidor- parte de nuestras relaciones sociales a un etéreo –y, por cierto, nada discreto- mundo virtual donde todo el mundo es simpático, guapo y realiza valiosas aportaciones. No importa lo que se transmita, sino qué filtros adornan el mensaje. En este escenario virtual, todo transcurre deprisa. No hay tiempo para indagar en el sentimiento. Tampoco para preguntarse el porqué de las cosas que nos pasan en la vida. Ni para pararse un segundo, mirar al interlocutor y preguntarle: «¿Por qué estás triste?». Otra imagen, otro tweet, otra storie en riguroso directo se superpone en una cadena infinita que nos impide realmente conocer a quien nos importa.

La familia constituye, sin duda, un pilar básico de la sociedad. Cuando «conectamos» con los familiares, descubrimos el porqué de la alegría, cariño y apoyo que nos han dado durante tantos años. Conocer su vida, sus deseos y preocupaciones nos ayudará a enfocar con ilusión nuestros proyectos. Sin ellos, no estaríamos aquí. Quizá sea el momento de «desconectar» de las redes sociales para «conectar» con las personas que realmente nos importan pues –como decía el político y escritor Edmund Burke: «Las personas que nunca se preocupan por sus antepasados jamás mirarán hacia la posteridad».