¿Tiene caldereta sin langosta?

¿Hacemos lo que debemos?

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El día 28 de junio de 2005 un comando integrado por Marcus Luttrell y otros tres marines de la Armada de los Estados Unidos se desplegó en Afganistán, cerca de la frontera con Pakistán, para localizar a un líder talibán cercano a Osama Bin Laden. La patrulla se topó con dos pastores afganos y un chaval de catorce años que guiaban un rebaño de cabras. Tras comprobar que no llevaban armas, los soldados les obligaron a sentarse en el suelo y debatieron qué debían hacer con ellos. Dado que no tenían cuerdas, solo existían dos soluciones: matarlos o dejarles que se marcharan. Un militar votó a favor de dejarles libres porque no representaban ninguna amenaza. Otro militar abogó por matarlos porque existía la posibilidad de que alertaran a los talibanes de su presencia lo que pondría en grave riesgo su misión. El tercero se abstuvo. Toda la responsabilidad recaía sobre el suboficial Luttrell. Su voto era decisivo. Por un lado, sabía que se encontraban en territorio hostil y que la decisión de soltarlos sería un error. Por otro lado, algo en su conciencia le impedía matar a tres personas desarmadas. ¿Qué debía hacer? Finalmente, optó por dejarlos libres.

Una hora y media después, los cuatro soldados se vieron rodeados por más de ciento ochenta combatientes talibanes. Los tres compañeros de Luttrell murieron. La Armada de los Estados Unidos organizó una operación de rescate de sus hombres que dio resultados desastrosos. Los talibanes derribaron un helicóptero que sobrevolaba el terreno dando apoyo aéreo mientras intentaba rescatar al primer equipo. Otros dieciséis soldados estadounidenses perdieron la vida. A pesar de la intensa ofensiva, Marcus Luttrell consiguió escapar hasta una aldea cercana. Sus habitantes le protegieron de los talibanes hasta que pudo ser rescatado. Fue el único superviviente.

¿Qué habríamos hecho si nos hubiéramos encontrado en esa situación? ¿Habríamos matado a tres personas, en apariencia, inocentes que se encontraban desarmadas? ¿O nuestra conciencia nos habría impedido acabar con sus vidas? ¿Qué debía prevalecer? ¿Nuestra vida? ¿Los valores que nos definen? ¿La misión que nos habían encomendado? ¿La vida de los pastores? Se trata de preguntas de muy difícil respuesta dado que se trata, en definitiva, de una situación límite. Por un lado, si consideramos que los principios morales son absolutos y no admiten graduaciones («o matarás»), resulta claro que habríamos decidido liberar a los pastores. Sin embargo, si entendemos que los actos morales pueden analizarse según sus consecuencias, quizá podríamos admitir que matar a los pastores habría evitado la muerte de más de veinte personas. Dado que resulta imposible conocer con exactitud el desarrollo futuro de los acontecimientos, existe un elevado grado de incertidumbre en la toma de decisiones lo que complica aún más el panorama.

Afortunadamente, la mayoría de las personas no se ven sometidas a una situación tan compleja como la del soldado Luttrell. Nuestras decisiones se mueven en un campo más cotidiano, pero no por ello menos relevante. Antes de adoptar un camino, aparecen las dudas, las ilusiones y el miedo al fracaso. Somos lo que decidimos. Nuestra vida está compuesta por múltiples decisiones que conforman nuestra manera de pensar, de reír, de soñar y de ser felices. Unas decisiones tendrán mayor importancia (qué estudio, en qué trabajo, con quién me relaciono, a quién voto, si tengo hijos, cuáles son mis creencias etc.). Otras, en cambio, serán más rutinarias. Cada vez que optamos por uno u otro camino vamos construyendo nuestro proyecto personal. A veces, acertamos en nuestros planteamientos. En otras ocasiones, el tiempo demuestra que nuestras expectativas estaban equivocadas porque el camino elegido nos iba a llenar de lágrimas, soledad y dolor.

Al igual que el soldado Luttrell, estamos obligados a decidir. Es la esencia de nuestra libertad. Nuestra vida consiste en ir abriendo puertas cerradas sin saber qué se oculta detrás. Quizá sea el momento de recordar las palabras de la escritora Shannon L. Alder: «El coraje no llega cuando tienes todas las respuestas. Llega cuando estás preparado para afrontar las preguntas que has estado evitando durante toda tu vida».