La columna

Soñador

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Robert Biedron, el alcalde gay de la ciudad polaca de Slupsk, sueña con convertirse en presidente. Después de una infancia difícil, con un padre borracho que le pegaba con dureza, y unos hermanos no menos despiadados, consiguió llegar a alcalde con un presupuesto de mil euros. Se detenía en plena calle a hablar con la gente, las mismas calles donde le habían escupido y llamado «maricón» desde pequeño. Dicen que, una vez elegido alcalde, consiguió hacer de Slupsk una de las ciudades más seguras y prósperas de Polonia. Ateo en la sacrosanta Polonia, gay, antinacionalista, progresista y con un sueño: convertirse en presidente del país. «Soy un soñador» afirma. No es la primera vez que el mundo de los sueños trata de sobreponerse a la dura realidad. Martin Luther King repitió muchas veces las palabras «Tengo un sueño» en su famoso discurso de Washington en 1963: «Yo tengo un sueño de que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel». Los libros de autoayuda suelen afirmar que cualquier gran realidad empieza siempre siendo un sueño. Calderón de la Barca escribió «La vida es sueño» para reflexionar en torno a la libertad del ser humano, y llegó a decir «el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño»… Francisco de Quevedo usó la técnica de los sueños para satirizar la España de su tiempo. Saint-Exupéry, autor del «El principito», aconsejó: «Haz de tu vida un sueño y de tu sueño una realidad» Barak Obama soñó despierto que sí se podía -el mismo sueño de Martin Luther King-, y al final se pudo, porque llegó a ser presidente de los Estados Unidos.

No sé si Alicia soñaba con el país de las maravillas, donde se presentaba la otra cara de la realidad, la misma que decía pintar Dalí cuando se refería a que los sueños también forman parte de nuestra vida. Al fin y al cabo pasamos un tercio de nuestra existencia durmiendo. Robert Biedron también sueña con llegar a ser presidente de Polonia, un país donde en 2011 Anna Grodzka fue llamada «cosa» en el parlamento y «cara de boxeador», por ser transexual, y donde el propio Robert Biedro fue golpeado repetidamente por la calle. Un país donde el alcalde Biedro no puede casarse con su compañero, donde la marcha del orgullo gay era imposible hasta hace muy poco y donde Lech Walesa afirmó que los homosexuales deberían sentarse fuera del parlamento. Pero si toda la vida es sueño y los sueños, sueños son, el de Robert Biedro podría hacerse pronto realidad.