La columna

El día del ruiseñor

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Todas las cosas tienen su día, pero no se apuren, hoy no es el día del ruiseñor, ni siquiera es el día del sordo. Hoy es del Día del Implante Coclear. ¿Qué cómo se come eso? Pues miren, parece ser que la asamblea de la Federación AICE decidió hace algunos años instaurar el 25 de febrero como Día del Implante Coclear. La Federación AICE es una entidad sin ánimo de lucro, formada por personas con discapacidad auditiva, implantados cocleares y sus familias y profesionales. Un implante coclear consiste en instalar en el oído un transductor que transforma las señales acústicas en señales eléctricas que estimulan el nervio auditivo, de modo que las personas con diferentes grados de sordera puedan oír mejor. Los grados de sordera pueden ser moderados, severos o profundos, según los decibelios que pueda dejar de percibir la persona. En la sordera profunda se pierden más de noventa decibelios y el paciente no tiene conciencia sonora, no puede hablar ni controlar la voz. Dicen que incluso los sordos profundos pueden llegar a oír con un implante coclear. La intervención quirúrgica dura de dos a tres horas. Los implantes cocleares suelen ponerse en un solo oído, el que está en mejores condiciones, y cuestan unos treinta mil euros.

Bueno, y ahora me dirán que por qué he titulado este comentario «El día del ruiseñor». Pues bien, por dos razones; la primera porque es un título bonito, o que a mí me parece bonito. La segunda por el refrán que asegura que «perfumes al catarro, bálsamo al pasmo, luz al ciego y ruiseñor al sordo, aprovechan poco». ¿Se imaginan la alegría que debe de tener un sordo cuando con una intervención quirúrgica llega un día a poder percibir el canto de un ruiseñor? Esas cosas sencillas que los que no tenemos el defecto consideramos hasta vulgares pueden ser como un milagro para los afectados. Claro que hay otro refrán que dice que «no hay peor sordo que el que no quiere oír». Eso me recuerda la anécdota del profesor sordo a quien los alumnos engañaban en los exámenes orales, porque no quería ser sordo. Le hablaban a voz en grito y él decía no griten, que no soy sordo. Entonces le hablaban bajito y le decían cualquier tontería, y él decía muy bien, muy bien, y ponía buena nota. Se conoce que no sabía leer los labios, o que solo sabía leerlos en español, y resulta que se trataba de un profesor de inglés. Claro que eran otros tiempos, porque hoy en día hasta se leen los labios de los futbolistas, que usan un inglés muy enrevesado.