¿Tiene caldereta sin langosta?

Si quieres cambiar el mundo, empieza por hacerte la cama

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Hace unos años William H. McRaven, un condecorado militar que había coordinado la Unidad de Operaciones Especiales del Ejército de los Estados Unidos, se dirigió a una promoción de alumnos que se graduaba en la Universidad de Texas. Ante una audiencia expectante, el militar les dijo: «Si quieres cambiar el mundo, empieza por hacerte la cama. Si haces tu cama cada día, habrás logrado la primera tarea del día. Sentirás un pequeño sentimiento de orgullo que te animará a hacer otra tarea… y la siguiente… y la siguiente. Y, al final del día, esa pequeña tarea se convertirá en muchas tareas realizadas. Hacer tu cama también reforzará la convicción de que las pequeñas cosas de la vida importan. Si no puedes hacer bien las pequeñas cosas, nunca harás bien las cosas grandes. Y si, por casualidad, tienes un día horrible, volverás a casa y verás una cama hecha por ti lo que te dará fuerzas para pensar que mañana será mejor».

Tras repasar algunos aspectos del duro entrenamiento de los SEAL, el militar estadounidense dijo a los jóvenes: «Si algo he aprendido durante mis viajes por el mundo es el poder de la esperanza. El poder de una persona. Una persona puede cambiar el mundo dando esperanza a la gente. Así que, si quieres cambiar el mundo, comienza cada día completando una tarea. Encuentra a alguien que te ayude en la vida. Respeta a todas las personas. Comprende que la vida no es justa y que fracasarás a menudo. Si asumes algunos riesgos, te levantas en los momentos difíciles, te enfrentas a los agresores, levantas a los oprimidos y nunca, nunca te rindes… Si haces estas cosas, entonces la próxima generación y las generaciones siguientes, vivirán en un mundo mucho mejor que el que nosotros tenemos hoy».

Desde que la crisis económica arrasara la esperanza de muchas personas, ha crecido el interés de la sociedad por la construcción de un mundo mejor. Tras constatar que muchas cosas en las que creíamos eran mentira (o, si se quiere, medias verdades), hemos mirado hacia atrás para comprender los errores y pensar en alternativas que pudieran depararnos más justicia, libertad e igualdad. En este proceso de transformación social, la juventud está llamada a desempeñar un papel clave. Su capacidad de diálogo permitirá derribar los muros que lastran la convivencia. Inventarán otras fórmulas de participación política que mejoren la calidad de nuestra democracia. Gracias a su labor, tendremos mejores líderes, más tolerantes con el que discrepa y comprensivos con un pluralismo destinado a vertebrar la sociedad. Quizá desarrollen políticas que, sin merma de los derechos, fomenten un mundo más seguro. Es posible que se centren más en vivir de la paz que en rentabilizar los conflictos. Puede que la palabra «responsabilidad» se convierta en el centro de sus decisiones. Quizás consigan transmitir a todos que la ley y el Derecho son la garantía irrenunciable de la libertad.

Para que la juventud se involucre en este gran proceso de transformación social tiene que, en primer lugar, «hacerse la cama» como sugería el comandante McRaven. Si un joven no se responsabiliza de esas pequeñas obligaciones -tirar la basura, hacer los deberes, ayudar en casa, respetar a sus padres- difícilmente se convertirá en unos años en una persona capaz de asumir grandes retos. ¿Cómo podrá convertirse en un buen jefe si el joven no se ha preocupado por sus compañeros de clase? ¿Cómo podrá dirigir un país si no respeta al que piensa diferente? ¿Cómo podrá ayudar a los más desfavorecidos si nunca ha reflexionado sobre lo afortunado que es por haber nacido en este lado del planeta? Gracias a esas pequeñas obligaciones cotidianas, el joven estará aprendiendo una importante lección: ¿Qué puedo hacer por los demás?

Aprender que vivimos en un mundo complejo, aquejado de graves desigualdades e inmerso en fuertes contradicciones, ayudará al joven a comprender la tarea que tiene ante sus ojos. Su cometido en la vida no es marcar más goles en el último videojuego. Ni hacer lo menos posible para aprobar y pasar de curso. Más bien al contrario: está llamado a levantar los ojos del móvil, mirar a su alrededor y poner toda su destreza en superar los retos que tenemos por delante en el siglo XXI. Ya lo decía el filósofo italo-argentivo José Ingenieros: «No se nace joven, hay que adquirir la juventud. Y, sin un ideal, no se adquiere».