La columna

Se cayó la luna

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Pasado mañana es miércoles de ceniza, y en el cielo no lucirá la luna, porque la tierra se interpondrá entre ella y el sol, impidiendo que se la vea y dando lugar a lo que se llama «luna nueva». El domingo de carnaval era luna menguante, y hoy la luna es tan decreciente que apenas se la verá; pero con esto basta para dar la razón, al menos literalmente, al refrán que asegura que no hay carnaval sin luna, ni semana santa a oscuras. El carnaval se celebra siempre cuarenta días antes del jueves santo, que coincide con la primera luna llena de primavera; este año resulta algo tardío, lo normal es que los días de carnaval se cuenten en el mes de febrero; nada más indicado que el frío y triste febrero para trazar una cruz de ceniza en la frente de los penitentes y recordarles que polvo son y en polvo se convertirán. Tal vez por eso –por lo del polvo– se celebran los carnavales justo antes del miércoles de ceniza. ¡Que nos quiten lo bailado! Sin embargo los orígenes del carnaval se remontan a Sumeria y Egipto y tienen más de cinco mil años de antigüedad; los romanos los imitaron en las fiestas paganas en honor del dios Baco, del que deriva la palabra «bacanal», la juerga y el desenfreno, que es como la gente entiende hoy en día la permisividad propia de estos días, frente a la penitencia del inminente tiempo de cuaresma. Claro que la religión católica suavizó las costumbres paganas; los carnavales se convirtieron en desfiles de disfraces y máscaras más o menos vistosos, pero lo cierto es que las máscaras mismas propiciaban excesos, al conceder cierto grado de impunidad, y se dice que en la Serenísima República de Venecia, donde en el siglo dieciocho se alcanzó un grado de refinamiento y elegancia esplendoroso, algunos nobles acababan acostándose con sus propias esposas, cuando en realidad unos y otras buscaban echar una canita al aire.

Por algo en carnaval -y en teoría- todo está permitido. Uno tiende a disfrazarse de lo que no ha podido ser en la vida, o a adoptar la imagen más estereotipada que tiene de sí mismo. La máscara se convierte en objeto imprescindible para ocultar la propia identidad, y resulta curioso ver la reacción que tienen ante ella seres conocidos que en ese momento no logran reconocer al personaje. Sin embargo, en las tradiciones campesinas de los bailes de tapadets no hay trampa ni cartón; los participantes deben descubrirse y bailar el fandango aunque termine por caer la luna en medio de la plaza como quiere la canción.