Te diré cosa

Darwin, la mentira

|

Valorar:

Un amigo, con quien comparto la singular pulsión de manifestar en «Es Diari» nuestras inquietudes en forma de artículos de opinión, me ha señalado afectuosamente su impresión de que últimamente bordeo (quizás peligrosamente) posiciones cercanas a la esfera antisistema.

Desde luego esa no es mi intención, pero puede que el sistema me esté tocando últimamente las narices tan poderosamente como para remolcar mi conciencia política hacia un estado cuasi catatónico: dentro de poco tendré que decidir qué hacer con mi voto, y es la primera vez desde que puedo usar mi homeopática dosis de democracia (solo cada cuatro años más o menos puedo evaluar a los amados líderes y lideresas con una papeleta/pataleta), la primera vez, digo, que si unas opciones me parecen malas, las otras me parecen peores.

Existe un genial grafiti (no sé si de Bansky) en el que aparece un andrajoso mendigo sentado en la acera con un cartel en la mano que reza «guarda tus monedas, intento cambiar». Dado que la mentira descarada se ha instalado (y parece que para quedarse) en la praxis de nuestra clase política, me parecería plausible que esa leyenda (cambiando la palabra «monedas» por «votos») apareciera en la propaganda electoral (substituyendo a las consabidas promesas/embustes) que, querámoslo o no, va a inundar nuestras vidas en las próximas fechas.

Como eso no va a suceder, me temo que mis opciones se reducen a salir de Málaga versus entrar en Malagón: si no voto, valido con mi abstención lo que perpetre el caballo ganador. Si voto a cualquiera de los partidos en liza valido con mi voto lo que este haga a continuación, siendo así que la experiencia nos enseña que hará algo muy distinto, si no opuesto, a lo convenido.

Darwin nos mostró cómo los organismos bien adaptados (los que se alimentan bien y afrontan exitosamente las dificultades) suelen prosperar. Los partidos se nutren con votos y todos ellos (ojalá me estuviera equivocando y no fuera así) han aprendido a sortear las dificultades que pudieran complicar su engorde con el simple mecanismo de faltar a la verdad. Pero somos nosotros, los votantes, de quienes dependen para crecer y reproducirse.

Ahora bien, ¿quién es más culpable, el mentiroso o el que se traga sin rechistar la mentira a sabiendas de que lo es, disimulando (ya que son «de los míos» me hago el sueco) y aplaudiendo eufóricamente en el mitin al orador de turno?

Que conste que no estoy llamando a la abstención. Estoy llamando a denunciar la mentira incluso cuando la diga «uno de los nuestros». No reírles la gracia. Abuchearles. Exigirles que apechuguen con lo que hagan. Si han metido la pata que lo asuman. Si son incapaces de realizar lo prometido que lo reconozcan y pidan perdón. Si van a necesitar a los «malos» para aliarse en pacto poselectoral que no lo escondan, que lo reconozcan. Que si trapichean con las listas y no pueden dejar de hacerlo porque tienen compromisos adquiridos, es más, si esa es la razón de que ninguno acepte las listas abiertas, que lo confiesen. Que se sonrojen ellos, no que lo debamos hacer nosotros por callar y mirar para otro lado.

En todo caso nosotros, que no somos del todo canelos, ya vemos asomar el plumero de sus triquiñuelas, muchas veces penosamente naífs.

Que se dejen de chorradas en definitiva.

Afead pues en los mítines de «los vuestros» las mentiras, las fintas, las exageraciones, las falacias, las tergiversaciones, las promesas incumplibles; defended vuestra dignidad.

Ese es mi consejo. Yo no podré hacerlo, porque no voy a ningún mitin (no me gusta que me digan a gritos lo que no me podrían decir de manera coherente en una charla tranquila tomando un café), por eso aprovecho estas líneas para decirle a los que fueron «casi los míos», o «suficientemente los míos como para votarlos»- al menos hasta que decidieron lanzarse a la vorágine del juego de la ruleta de las trolas- y a los que no fueron ni serán nunca «los míos», que quizás no era necesario tanto juego sucio, que quizás los votantes seamos capaces de comprender y perdonar algunos errores, sobre todo los debidos a la tozuda realidad de los hechos adversos.