Contigo mismo

O eso o empezar a pegaros tiros…

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Se te preparó para un mundo distinto al actual. Por ello te resulta difícil moverte en él. La vida se ha vuelto turbia. No hay lindes, ni referentes claros, solo caminos repletos de grises galopando hacia la negrura... Ahora, incluso, podremos ir por ahí pegándonos tiros...

Se te preparó para un mundo en el que los valores sí importaban. En aquella época se denominaban virtudes, sin recato... ¿Recuerdas? Te hablaron de...

Del valor de la palabra dada... Rector Panedas, allá por los 60. Tiempo de penuria. De oscuras pasiones que se combatían con la honestidad de tantos. Tu padre, Luis, había comprado ‘a plazos’ una radio al sr. Estrada, vecino y amigo. Con ella llenó incontables tardes felices de fútbol dominical, entre ‘Ducado’ y ‘Ducado’… Un duro mensual. El contrato entre los interesados fue meramente verbal. No terció por medio papel alguno. Cada primero de mes, Luis se dirigía, en laica liturgia, hacia la casa del sr. Estrada y le entregaba las cinco pesetas convenidas. Un apretón de manos concluía con el rito. Tu padre quería que, en ocasiones, le acompañaras, para educarte con hechos. La palabra era, efectivamente, para muchos, sagrada...

Del esfuerzo... Actualmente oyes el triste gemido de madres y padres que se quejan de lo duro que es tener hijos. El gemido de tu madre (dos niñas y el que esto suscribe) era el canto, en la plena posguerra de la pobreza... A pesar de no contar con agua corriente, ni nevera (un rebost junto a una ventana en cocina sin encimera ejecutaba sus funciones), ni bañera, ni ducha, ni tan siquiera pañales desechables…

Del perdón… X e Y habían combatido en bandos rivales. Puro azar. A uno lo fichaban y santas pascuas, a pegar tiros al hermano por ahí. Si te habían pillado en Mallorca, pues a ser nacional y si te habían fichado aquí, pues a ser republicano… Pero la prole de toda contienda civil es fértil. Ambos perdieron a un hermano… Cosa de tantos. El odio -¡natural!- medró y cuando se cruzaban en la calle se obviaban. Algo difícil en la enorme estrechez de Rector Mort. Cuando una hija de Y falleció de unas fiebres –los virus de ahora eran las fiebres de antaño-, X (lo contaste en un relato) se desplazó a casa de Y y ambos se fundieron en interminable abrazo. Ese día, para ellos, concluyó definitivamente la Guerra Civil. ¿Está vigente –te preguntas-, ahora, esa capacidad salvífica? X e Y existieron. Únicamente la prudencia te induce a obviar sus nombres, que recuerdas, por la ejemplaridad de lo hecho, con gratitud…

De la argumentación y de la defensa racional de los principios. ¡Cuántos ciegos pululan en la actualidad por tu país! Se discutía, en los 60, sí, pero rara vez se faltaba al respeto. Aquellas mujeres y aquellos hombres de los estertores –creías- de la locura fratricida ya tenían bastante y el fajo que portaban sobre sus hombros era insoportable…

Esos valores les hicieron probablemente posible soportar aquellos interminables días y respirar…

Hoy miente quien no piensa como tú. Y mienten todos… ¡Absolutamente todos! Ciegos, sí…

- ¿Te acuerdas?

- Sí –te contestas-. Aula 5. Otoño de 2016. Un alumno te pregunta para qué sirven los valores…

Le contestas que para sobrellevar la vida… Cuando no para sobrevivir…

Tal vez las mujeres y los hombres sin valores –la campaña electoral será un espléndido catálogo de ejemplos varios- sean como coches sin frenos. Tarde o temprano, seguro, se la van a pegar…

Deberíais abandonar la invidencia que vislumbras en tantos, su irracionalidad, su visceralidad y reflexionar sobre la conveniencia de recobrar esas virtudes que lograron, incluso, que una generación cercenada (la de la posguerra) pudiera infundir cierta belleza ante el hedor de la época. O eso o seguir con lo ya señalado: el ruido, la confrontación, la ira o el ir pegando tiros por ahí con armas propias, a lo John Wayne, como proponen algunos descerebrados… Triste legado para quienes, a la postre, más pronto que tarde, os sustituirán en eso que se ha dado en llamar vida…