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Las encuestas no son de fiar

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Yo creo que no hay por qué estar licenciado como politólogo, como tampoco es menester ser un lumbreras en matemáticas, en cualquier caso, nada ni nadie podrá cambiar la verdad antigua de que desde siempre dos y dos han sumado cuatro. Hay cosas que se empeñan en ser cómo son y no cómo nos gustarían que fueran.

Ahora mismo frente al empacho de elecciones que se nos vienen encima, algo ya está claro por adelantado, casi con matemática certeza: no habrá mayorías absoluta, pues las opciones que se presentan al veredicto de las urnas lo hacen muy fragmentadas. La derecha acude dividida en tres partidos principales, y como en otros órdenes de la vida, tres son una multitud; a la izquierda le pasa otro tanto, todo y que izquierda con pedigrí no veo yo a nadie. Los de Podemos andan en horas bajas, puede que peligrosamente bajas, quizá porque no han definido con claridad que izquierda son, a veces moderados y otras veces extremosos. Los de Garzón necesitan el bastón de Podemos para no hacer tan visible la orfandad de votos que como un mal desodorante les abandona sin acordarse de que gracias a ellos el milagro de la democracia fue la utopía posible; en el PSOE de tarde en vez cual ave fénix, asoma un socialismo que anuncia los criterios de izquierda de otros tiempos, como si en la rosa roja la nostalgia se convirtiera en rocío para recuperar marchitas singladuras. En cuanto al PP, en sus críticas olvida que echan en cara a otros lo que ellos han hecho antes, como eso de pactar cuando les ha hecho falta con todos aquellos que rezumaban en su trayectoria herencias independentistas de vascos y catalanes, expertos como todos los políticos en aquello de «donde dije digo, digo diego».

2 Ahora con un nuevo secretario general, estamos a la expectativa, porque no se suele parar a pensar el alcance del insulto que va a lanzar, así no parece que puede reivindicarse muy de centro, y eso que memoria histórica tienen, por acordarse, se acuerdan hasta del neandertal. A los de Vox les pareció poco lo de ser de derechas y se han presentado como de ultraderecha, encontrando el campo abonado en algunos temas que la derecha y la izquierda mantenían en el barbecho de la galerna de los nuevos tiempos, como si el ciudadano tuviera la capacidad de aguantarlo todo, cuando en Andalucía se ha demostrado que de ninguna manera el pueblo tiene la paciencia del santo Job, y Vox lo sabe. Pero eso es una cosa y otra muy distinta hacer en ese aspecto una política efectiva, como sería entenderse con el PP y Ciudadanos. Pero esto no es la Grecia de la catarsis, aquí entre nos, la catarsis siempre será una aritmética política imposible. Los de Ciudadanos se postulan diferentes a las otras derechas, y eso no es más que un postureo para no dar el cante, y que son tan iguales que pueden pasar por cualquier otra derecha actual, pretendiendo como pretenden las tres derechas, ser de centro, algo que les viene grande a los tres pero que los fragmenta, como pasa con Podemos y el PSOE.

En fin que no se me aclara que clase de políticos tenemos, que antes de matar al oso, andan repartiéndose la piel sin saber cómo serán de favorables o adversas las urnas, porque pactar no va a ser un recurso recurrente, sino una imposición obligada para quien quiera ponerse a la cabeza de nuestro desorden institucional. Creo que es un riesgo tonto, una imprudencia en cualquier caso, andar diciendo que con estos no pactamos ¿Por qué no? Si luego de la necesidad hacen virtud y pactan si es menester con el mismísimo diablo si éste tuviera en sus manos la anhelada llave que abre las puertas de la Moncloa.