Contigo mismo

Chaqueteros

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«La política es el arte de servirse de los hombres, haciéndoles creer que se les sirve a ellos.» (Louis Dumur)

Son –y ustedes lo saben- unos atletas especiales (utilizas el vocablo metafóricamente, ¡natural!). A diferencia de los reales, éstos se entrenan sólo durante quince días, permaneciendo el resto del año cómodamente instalados en las graderías… Otra rareza suya es el orden de sus prioridades: no les importa tanto la meta (¡qué también!) como el puesto de salida. Si en la «calle» asignada por sus entrenadores, las posibilidades de alcanzar la susodicha meta son improbables, cambian de entrenador, de equipo y de lo que se tercie… Las carencias éticas hacen factible cualquier tipo de combinatoria. Porque, of course!, no es lo mismo estar de numero uno o dos en una lista electoral, que permanecer en el lugar décimo primero. Abolidos (¡hace tanto ya!) los escrúpulos morales, este tipo de mudanzas no presentan mayor dificultad. El oprobio que cualquier bien nacido sentiría, a la postre, no va para con ellos. Llevan años practicando… A pesar de lo cual, y como mera formalidad, explican su trasvase de partido (¡perdón!, de equipo), aludiendo a grandes vocablos. De todos es bien sabido que a mayor hedor, mejor perfume. El chaquetero, pues, lanzará peroratas rancias sobre el deber, el aborto, la patria, la justicia, la… ¡Y sanseacabó! Como si el público fuera tonto (aunque, en ocasiones, especialmente cada cuatro años, se empecina en serlo).

«En la calle sexta no llego ni loco –musita el atleta X-. Solución: cambio de camiseta. Antes era azul y ahora bicolor. O roja y ahora me la pido en color naranja. O…»

Mientras tanto, en la gradería, la tipología de los asistentes es triple: unos se preguntan qué puede esperarse en el futuro de quien así actúa (sin vergüenza, separados, o no, los términos); otros se convierten al estoicismo y se echan una cabezadita y, los últimos, anulan su razón, dan rienda suelta a sus vísceras y empujan al corredor metafórico en el momento del pistoletazo de salida… La anulación del intelecto es, en estos casos, imprescindible. Sino, cómo responder a preguntas tales como: ¿se puede ser cristiano practicante y apoyar la venta libre de armas?; ¿dónde queda, en ese caso, el derecho a la vida (frágil en esa tesitura) que tanto –y con razón- se esgrime?; ¿dónde los principios ideológicos, si algún día los hubo?…

Son, sí, unos atletas esperpénticos y, en expresión coloquial, con un morro que se lo pisan. «Sí, en la calle 3 tengo más posibilidades: camiseta X»-se dirá uno-. «Aunque, en la dos la cosa está todavía mejor: camiseta Z». «Por no hablar de la uno, camiseta Y…»

Cuando se inicia la prueba dejan atrás los viejos compañeros de partido (¡perdón!, de equipo); las convicciones, eternamente presuntas; las censuras recibidas, por pasajeras... Cuando se acaricia la «meta» todo lo anterior deja de tener importancia porque restan 350 días de poder, dinero, adulación y placidez…

Y aún hay quien se preguntará por qué la clase política (salvo honorabilísimas excepciones) es, para el país, un problema y no una solución…

Tal vez porque una vez concluida la carrera y acariciado el podio al atleta extraño ya no le queda nada por hacer, cuando muchos pensáis que es precisamente entonces cuando tiene que iniciarse el juego: el de convertir las promesas en hechos con esas otras armas, las de la honradez y el trabajo; el de rascar pedazos de utopía; el de mejorar la vida de quien contempló la lid olímpica. Pero el deportista extravagante del que hablas sabe que eso es pretexto, excusa, dopaje… Le basta con aguardar y, en la siguiente competición, hacer un cálculo de probabilidades y tener abastecido el variopinto vestuario… En palabras de Lorenzo Silva: «Algo no va del todo como debiera cuando quienes no se postulan para ejercer responsabilidades públicas demuestran contar con una mayor dosis de lucidez y criterio que quienes sí lo hacen.» Pues eso…