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La ciudad de la alegría

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Me gusta celebrar los cambios de década atravesando el Atlántico. Si hace diez años fue en la Patagonia, esta vez la cita ha sido mucho más urbana, diría que urbanísima, porque Nueva Orleans es, como Nueva York, una ciudad de ciudades, repleta de contrastes, donde todo, excepto los abundantes homeless, es amable, el único lugar del mundo, junto con nuestra isla (quizá exagero, pero era así ), en que los automovilistas no hacen sonar sus bocinas cuando alguien al volante se detiene a hablar con un vecino, ni increpan al despistado peatón menorquín que cruza la calle por donde se le antoja. Bien al contrario, paran el coche y te invitan a seguir tu marcha.

En Nueva Orleans, todo es música hasta límites inimaginables, la mejor terapia posible para la sobredosis de politiquería que llevamos sobre las espaldas. En los fines de semana, cuando por la mañana aún están regando las calles ya pueden verse grupos de niños afroamericanos, con el torso desnudo, tamborileando en rudimentarios cubos cual expertos baterías. Por cierto, una buena manera de empezar el día es desayunando en el mítico Café du Monde, junto al Missisipi, quizá el único lugar de la ciudad en que uno puede tomarse un café con leche digno del tal nombre, aunque sea de achicoria, acompañado de sus míticos beignets, que son en Nueva Orleans lo que los churros en Madrid, una crujiente pasta que aquí se sirve profusamente espolvoreada con azúcar glas (floreti para nosotros). A las puertas del Café du Monde, el inevitable conjunto hace sonar la música del omnipresente Louis Armstrong, auténtico patrón de una ciudad que le dedica un parque y su coquetón aeropuerto.

No en vano le llaman a la ciudad The Big Easy; la vida en la ciudad (no trumpista, la comarca rural, sí, por supuesto), es notablemente relajada y todos los días son una fiesta. Circules por donde circules te encuentras con bandas de jazz, en el legendario barrio francés, que es mucho más que Bourbon Street, tienes conciertos más que dignos en cada esquina al módico precio de una cerveza, y los festivales se suceden. Coincidimos con uno precisamente en el French Quartier donde nos alojamos, en la aledaña y majestuosa Jackson Square donde está la catedral de San Luis, que se convierte en una selva de carpas donde se escucha un jazz mucho más evolucionado que el dixieland. Puestos en este plan, es ineludible la visita al Museo del Jazz donde se expone la primera trompeta del ubicuo Armstrong.

No hay que irse de Nueva Orleans sin haberse montado el tranvía rojo, quizá el más lento del mundo, para recorrer la fastuosa Avenida St. Charles, la más hermosa de Estados Unidos según algunos viajeros, sede de unas increíbles mansiones y cuna de la tupida arboleda que las arropa. Nos pagan el billete unos ciudadanos al ver nuestro apuro al no dar con el importe exacto que se exige y, a la vuelta, el conductor tiene prisa y tampoco nos cobra. Lo celebramos en el local más antiguo y celebrado de Bourbon Street, el ineludible Preservation Hall, donde nos arrulla un majestuoso solo de banjo. Así son las cosas en Nueva Orleans.

He hablado de respeto y amabilidad, y nada como una visita a una plantación lo corrobora. Se percibe claramente que les oprime el recuerdo de la esclavitud, como a los alemanes de bien el nazismo. En Oak Alley, propiedad de una saga de esclavistas, el recuerdo de casi un millar de esclavos es tan omnipresente como respetuoso. Si observar la mansión de película de los amos ya impresiona lo suyo, visitar las chozas de los esclavos causa una impresión que intuyo comparable a quienes visitan Auschwitz, sobre todo al darte de bruces con las jaulas de hierro donde castigaban a los más díscolos bajo un sol que en esta primavera ya es sofocante.

De la gastronomía se salvan los ya mencionados beignets del desayuno, las ostras gratinadas o rebozadas como nuestras ortigues, y el pescado esmeradamente cocinado con algas. Incluso el caimán rebozado tiene su gracia, pero la cocina cajún, influenciada por el vecino Méjico, es demasiado abigarrada y especiada para nuestro gusto (huyan de un plato llamado creole, literalmente abrasivo). El viajero pierde pronto cualquier esperanza de tomar un café decente y, resígnense, por mucho inglés que crean saber, no van a entender una palabra de sus atropelladas respuestas.

En el avión de vuelta, insomne en la butaca del avión, rememoro el recomendable paseo con cena por el Missisipi a bordo del «Natchez», un hermoso barco de época, entre los sones de una banda de jazz al más puro estilo Nueva Orleans, y recuerdo con gratitud a la gigantesca y solícita conserje afroamericana del hotel que me ayuda (es un decir, me limito a observar, estupefacto), a imprimir las tarjetas del embarque. Más de media hora dedicada al analfabeto digital me emocionaron tanto que le propiné un espontáneo y efusivo beso en la mejilla. A la hora de abandonar Estados Unidos aún no había sido detenido.