Con derecho a réplica

Trazas de felicidad

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Vivimos una falsa sensación de libertad de elección. Nos pensamos que el mundo está lleno de ofertas diferentes al alcance de nuestra mano. Nos creemos consumidores todo poderosos capaces de elegir entre un montón de bienes de consumo. Pues siento decepcionarles, queridos lectores, todo es una gran patraña, una quimera, un teatro de sombras, una falacia, un circo siniestro, o como diría una gran filosofo del madrileño barrio de Carabanchel, una movida muy tocha.

Basta rascar un poquito, solo un poquito, para ver que casi todos los bienes están en las mismas manos, que el pastel se lo comen dos y para el resto las migajas. Son libres de seguir mirando la tele para ver a la Pantoja saltar de un helicóptero, la pena es que vamos camino de que nuestra libertad se reduzca casi a eso, a elegir entre la purria y la nada. Pensemos en ropa, casi toda se cose en Vietnam, y casi toda la manejan los cuatro grandes del lowcost y la explotación infantil. Compren esa camiseta tan chula de colorines por solo 5 euros, cosida con las manitas de un niño de Hanói que cobra casi tres millones de dongs al mes, ole que guay... espera, que toda esa cantidad de pasta vietnamita convertida a euros son apenas unos 100, ¡oh, qué chorprecha!

Pensemos en telefonía, o en empresas energéticas, toda nuestra comunicación, luz, gas o gasolina, está en mano de cuatro gatos, que además tienden a fusionarse, con pasión de amantes latinos, para crear unos monopolios que manejan mas pasta que el PIB de la mayoría de países del mundo mundial, y seguro que de algún exoplaneta también.

En Internet todo pasa por el señor Google, incontestable. El mundo de las series por las cuatro plataformas que lo manejan todo a nivel galáctico. Las teles en este país están en mano de dos, y poquito más, si aceptamos Telecinco, y demás canales de Paolo Vasile, como televisión, y no como escombrera de botox. En abonos y pesticidas el amo es Monsanto, dios que miedito, y en medicamentos la Bayer... alto, un momento, que estos dos monstruos de pesticida y pastilla se fusionaron hace un tiempo, creando un monopolio mastodóntico del que casi nadie habló, pero que acojona que no veas. En sus manitas están las hambrunas y las epidemias, casi nada. Bancos hay cada vez menos y son cada vez más enormes, da igual donde tengas tu cuenta, te van a sacar todo lo que puedan y un poquito más, lo llevan en el ADN de tío Gilito.

Por eso vestimos todos igual, comemos lo mismo, amueblamos de Ikea las casas, nos contamos los mismos chistes, y los centros de todas la ciudades son fotocopias con las mismas tiendas por obra y gracia de la señorita globalización. Vivimos la ilusión de la libertad de elección y el domingo pasado pudimos votar a diferentes siglas detrás de las cuales estaban los mismos bancos, los mismos lobbies y los mismos sastres.

En esa falta de ilusión, casi generaliza, vemos como victoria el matiz, y no es poco sin duda, más vale tener trazas de felicidad que no ingredientes gordos de homofobia, xenofobia, misoginia, clasismo, belicismo y sigan poniendo todo lo que quieran relacionado con los que realizan, y realizaron, los actos más abyectos. Alegría a pesar de todo, sabemos que todo el lúpulo viene de la comarca leonesa de Ribera de Órbigo, pero mientras los maestros artesanos lo mezclen con gracia y salero, disfrutaremos de unas buenas cervezas, con amigos que se inviten a una ronda, eso sí. Recuerden, la corona de espuma de una caña bien tirada es la única corona buena. Feliz jueves.