La columna

De noche barren las brujas

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La superstición es una creencia ilógica que supone que algunas obras, objetos o números pueden traer suerte o desgracia. La brujería es asimismo una creencia en una realidad invisible, a menudo calificada de diabólica, a la que quien la practica queda atado, y suele usarse para dañar a alguien, para tomar venganza, para enamorar, para conseguir poder, para invocar muertos, para desencadenar calamidades y para resolver problemas obsesivos. Mientras que la brujería surgió en el ámbito rural, la hechicería es un producto de las ciudades, ya desde la Antigüedad. Brujería y hechicería utilizan medios ocultos que se supone que superan los poderes humanos, con la ayuda del demonio. Ambas practican rituales, usan sustancias alucinógenas y fetiches, pronuncian hechizos y se relacionan con la magia negra, que se define por la supuesta realización de maleficios ideados para infundir daño. Todo esto me lleva a comentar la noticia de que un tribunal de Malaui condenó no hace mucho a muerte a un hombre por asesinar a un joven albino. Ocurre que los albinos son objeto de ataques en el Congo, Tanzania, Mozambique y Sudáfrica por la creencia de que utilizar partes del cuerpo de estas personas favorece los rituales de brujería. Se llegan a pagar grandes sumas de dinero por huesos, cabellos o extremidades de albinos y se han detenido centenares de curanderos por estas prácticas. Esta aberración ha alcanzado índices preocupantes en esos países pobres, donde se pagan tres mil euros por la extremidad de un albino o sesenta mil por un cuerpo entero.

Goya ya expresó en la serie de grabados llamada «Los caprichos» que el sueño de la razón produce monstruos. Diría que la superstición, la brujería, la hechicería y la magia negra no tienen nada que ver con la razón, que son la negación de la inteligencia, la lógica o el conocimiento, y por supuesto que persecuciones como la de los albinos resultan tan monstruosas como las guerras que han asolado la humanidad desde el principio de los tiempos. Dicen que aún conservamos la agresividad que en la Prehistoria nos servía para defendernos de grandes peligros, pero que ahora resulta completamente irracional. Nuestro futuro depende de nuestra capacidad de evolucionar desprendiéndonos de estos instintos poco menos que infernales, que nos han llevado a la proliferación de armas nucleares y a la degradación del planeta. De otro modo nos destruiremos como especie y posiblemente acabaremos con la vida en la tierra.