La columna

Perdidos

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A veces nos encontramos muy perdidos en medio del mundo. Se me ocurre decir esto justamente ahora, cuando acabo de oír, más que ver, un anuncio por televisión que asegura que hay que poner atención a las cosas trascendentales de la vida, para acto seguido anunciar nada menos que una funeraria. Cosas trascendentales de la vida cuando yo creía que las funerarias comerciaban con la muerte. Lo que ha venido a continuación, en el medio televisivo, han sido los análisis que los partidos políticos hacen de los resultados obtenidos en las pasadas elecciones. Curioso; unos claman por la libertad -libertad para todos- y están metidos en la cárcel. Otros dicen que tienen la solución desde la derecha, desde el centro, desde la izquierda, y a lo mejor no hacen más que confundir al electorado, que no sabe a qué carta quedarse. Conclusión: todos han ganado, una vez más. Nadie ha perdido. Pero si nadie ha perdido, ¿cómo puede haber vencedores y vencidos? Confusión. A río revuelto, ganancia de pescadores. Otros aseguran que han ganado, pero no han ganado en realidad, porque no podrán gobernar; los pactos entre grupos menos favorecidos por el electorado se lo van a impedir. Y sigue la confusión, hasta el punto de que algunos grupos con muy pocos diputados resultarán decisivos y tendrán la llave de la gobernabilidad, de donde se infiere que a veces es más conveniente ser pequeño que ser grande. En fútbol ocurre lo mismo, los clubes pequeños han vencido a los grandes. Y sigue la confusión.

Para colmo, resulta que tal día como hoy, en 1924, murió Franz Kafka, que en literatura puede calificarse como el maestro de la confusión, de lo incomprensible, de lo agobiante, hasta el punto que las situaciones complicadas y farragosas de la vida a menudo son descritas como «kafkianas». Franz Kafka fue un escritor nacido en Praga, entonces bajo el imperio austrohúngaro, en 1883. Publicó en vida algunas de sus obras más importantes, como «La metamorfosis». Otras obras trascendentales suyas, como «El proceso» o «El castillo», vieron la luz gracias a la iniciativa de su amigo Max Brod, que no obedeció sus indicaciones de destruirlas después de su muerte. Los sentimientos de ansiedad y de alienación han sido citados como constantes de su obra, de la que han bebido escritores del modernismo, del existencialismo y del realismo mágico. Otros dirán que estaba más perdido que un pulpo en un garaje con gafas de sol y de noche, como algunos de nuestros políticos después de las elecciones.