Te diré cosa

Carta abierta a Rivera

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Querido Albert. No nos conocemos; disculpa pues mi atrevimiento. Como te tengo cierto -aunque menguante- aprecio, temo por tu salud. Me da miedo que te estés haciendo la picha un lío. Si así sucediera, resulta luego muy difícil deshacer el nudo y te quedas sin aparejo, circunstancia esta en ningún modo deseable.

Recuerdo que hace un tiempo me sonaba razonable casi todo lo que decías y -más importante- me sonaba razonable lo que hacías. A ver si me explico. Por ejemplo, si habláramos de Pablo Iglesias, te diría que también me sonaban hace un tiempo sensatos muchos de sus diagnósticos, mientras que sus acciones, su manera de gobernar su partido defenestrando competidores, su pericia al eludir pronunciarse con claridad sobre regímenes allende los mares, me hacían mucha menos gracia. En otras palabras, me gustaba parte de lo que decía, me desagradaba parte de lo que hacía y me mosqueaba mucho lo que ocultaba. Por entonces yo pensaba que tú no ocultabas casi nada, o al menos casi nada relevante; respondías a las preguntas con claridad, no mandabas balones fuera como hacen de oficio los políticos de toda la vida (de hecho he llegado a pensar que la cualidad menos prescindible en un político de pretendido largo recorrido es soltar su discurso preparado de antemano al margen por completo de lo que se le pregunte). Tú no eras así, o quizás actuabas muy bien y yo no te pillaba el lado oscuro.

Pero querido Albert, algo gordo debió de sucederle a tu organismo el día de la moción de censura. Algo quizás hormonal. Es posible que tu ego hubiera crecido demasiado, qué se yo, o que la visón de un Sánchez triunfante propiciara que un chute de adrenalina invadiera de pronto tu torrente sanguíneo; el caso es que empezaste a dar tumbos como pollo sin cabeza o como un bonobo de visita en la jaula de los avestruces. Y desde entonces no paras.

Has tomado decisiones que parecen lo suficientemente arbitrarias, erráticas en unos casos, cabezonas en otros, que te han colocado en posturas antiestéticas. Deberías saber que la carrera del pollo sin cabeza termina siempre en el puchero. Ya no puedes responder sinceramente -como hacías antes- a las preguntas, principalmente porque ahora caerías en contradicción. Tiene que ser incómodo de narices, no me digas que no.

Creo que no ignoras que para España, entidad que parece ser el objeto último de tu amor y dedicación, sería bueno que Sánchez, a cuya resurrección hemos asistido atónitos unos, encantados otros, no dependiera más de esos personajes no siempre bien intencionados que con pocos votos obtienen tanto poder en las sesiones de investidura. A tal efecto sería de gran ayuda que te sentaras toda una tarde solo ante el espejo, que te tomaras un par de tilas y te preguntaras si no sería bueno para la mayor parte de compatriotas que pusieras fin tanto a la rabieta de quien intuyéndose campeón queda finalmente tercero como a la terquedad de quien no consigue reconocer un error y retomaras la senda del político ambicioso pero juicioso y sincero que un día quizás fuiste. El traje de (Primo de) Rivera -como bromea con tu nombre un amigo en nuestras tertulias de cañas y boquerón- no te sienta del todo bien, te tira de sisa.

Te diría que si por casualidad entre pitos y flautas se hubieran de repetir las elecciones (cosa que no descarto del todo: muestras de insensatez y egoísmo cortoplacista nos habéis dado en hemiciclo más de una vez) el sentimiento que produciríais en el personal se podría resumir en la palabra «náusea».

De hecho creo que si tal circunstancia se produjera de nuevo en tan corto lapso de tiempo quedaría más que justificada una huelga general con la exigencia de que todo el Parlamento fuese declarado inhabilitado para la función pública durante veinte años y devolviera todos los dineros (que no son pocos) que hayan acumulado en estos periodos estériles con que nos han obsequiado.

A tiempo estás, querido prócer, de volver a colocarte en el carril del medio. En este circuito al menos, los adelantamientos por el carril de la derecha suelen producir situaciones peligrosas, cuando no siniestros totales.