La columna

Fulano

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Dicen que «tarde o temprano, todo lo sabe fulano» Consulto el diccionario, para saber quién es fulano, y me sale que se trata de una palabra que se usa para designar a cualquier persona cuyo nombre se desconoce o no interesa precisar. Hurgando un poco más, me entero de que los llamados fulano, mengano, zutano y perengano –y sus correspondientes femeninos- no existieron jamás. Parece ser que la palabra fulano proviene del árabe fulan, que significa «persona cualquiera», Mengano también viene del árabe man kan, que quiere decir «quien sea», Zutano deriva de citano, que a su vez viene de la palabra latina scitanus, que significa «sabido» Por lo que se refiere a perengano, parece provenir de una combinación del apellido Pérez con la palabra mengano. Lo malo es que la lengua, como la sociedad en que todavía vivimos, es a menudo tan machista que el femenino de fulano -fulana- adquiere a veces un significado peyorativo para sustituir al término «prostituta» Pero lo cierto es que estas palabras dan color y variedad a la lengua, porque no solo se pueden usar en femenino, sino también en diminutivo: fulanito, zutanito, menganito y perenganito. También es curioso que puedan ennoblecerse añadiéndoles la partícula de: fulanito de tal, zutanito de tal, menganito de tal y perenganito de tal. En eso se echa de ver que España es un país con raíces aristocráticas y monárquicas, porque incluso podríamos decir: «El conde Fulanito de Tal» O bien: «El marqués Menganito de Cual». Lo malo sería encontrar el Condado de Tal o el Marquesado de Cual. Pero en estos tiempos que corren, seguro que tendrían importantes viñedos y podríamos presumir de haber acompañado un festín con el excelente vino reserva del Conde de Tal o el Marqués de Cual.

Esto me recuerda las vicisitudes que pasó un hablante inglés cuando vino a vivir a España, que se mató literalmente buscando en el diccionario la palabra «Paná» Hasta que un andaluz le dijo que «Pa na» era abreviatura coloquial de «para nada» Y luego volvió a matarse buscando en el mapa la Ciudad Condal, hasta que un alma caritativa le dijo que era lo mismo que Barcelona. Y también me recuerda los sudores que pasó un conocido guía de la tercera edad que se las vio y se las deseó buscando a un tal Simón Seguí, un integrante del grupo que figuraba en la lista y que se había perdido, hasta alguien que le dijo que lo que ponía al pie de página, para indicar que la enumeración seguía en la siguiente, no era Simón Seguí, sino Suma y Sigue.