La columna

La habitación de no ser

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Ya saben que a lo que nosotros llamamos «sala de estar» los ingleses le dicen «living room» (habitación de vivir) o bien «sitting room» (habitación de sentarse). Es decir que donde nosotros nos limitamos a estar, los ingleses prefieren vivir, o matizar que en todo caso hay que estar sentado. Pero como en inglés los verbos «ser y estar» se reducen a uno, to be, nuestra sala de estar podría ser también la sala de ser, o la habitación de ser. Eso me lleva a pensar si existirá en las casas inglesas la habitación de no vivir, o lo que es lo mismo, si existirá en las nuestras la habitación de no ser. Bueno, los dormitorios, que son habitaciones de dormir, o como dicen en inglés «habitaciones de cama» (bedrooms) también son a veces habitaciones de morir, si uno tiene la suerte de morir en la cama y en casa. Y pienso que morir significa dejar de vivir, o dejar de ser. Pero tampoco esto me parece exacto, porque según nos enseñan las religiones, al morir pasamos a otra vida, tal vez incluso a mejor vida, nos vamos al otro mundo o nos reencarnamos en otras criaturas, según las diferentes creencias, por lo que ni siquiera dejamos de ser o de vivir. Como ven, la cosa se complica.

Joan Perucho, el autor de las «Històries naturals», me contó una vez que tenía en Albinyana una casa con fantasma. Joan Perucho creía en esas cosas, incluso en los muertos no-muertos; era muy imaginativo. Me contó también que una vez se murió cierta vecina que nunca salía de su piso. Era una mujer delgada, de porte distinguido, que carecía de familia. La puerta del piso permaneció atrancada durante años, pero los vecinos advirtieron luz en las rendijas incluso a altas horas de la noche y había quien aseguraba que se oían leves gemidos, algo así como un llanto muy fino que bien podría calificarse de un lamento de soledad. Decidieron forzar la puerta y encontraron el fantasma de la vecina, ya enterrada hacía años. Por lo visto se levantó del sillón donde había pasado media vida y a medida que se levantaba su cuerpo se expandía, como si creciera por momentos. Se convirtió en una mujer gigante, más ágil que en los mejores años de su juventud, que avanzó hacia los intrusos con mucho ímpetu, casi con rabia por atreverse a estorbar su intimidad. Al avanzar daba saltos de un metro primero y de muchos metros después, sin que le estorbaran el techo o las paredes. De modo que para esta vecina la sala de estar, la sala de vivir, era también la sala de morir, la sala de no ser.