La columna

El infierno climático

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«Nueve meses de invierno y tres de infierno» asegura el refranero. Pero esto no reza con nosotros, con las tierras costeras, sino con el interior de la Península Ibérica. Allí tienen lo que se llama clima continental, que acentúa el carácter extremo de la meteorología. Las primaveras de verano y de invierno son cortas y agravan el calor abrasador del verano y la crudeza del invierno. Al menos hasta ahora era así, porque algunos dicen que el cambio climático va a dar al traste con las características del clima tradicional.

Dicen que lo del cambio climático es algo muy serio. El calor sofocante ya no es exclusivo de la Meseta castellana, y las olas de calor se dejan sentir también en nuestras Islas, donde los bañistas tienen la pésima costumbre de llenar las playas a mediodía, que es cuando el sol es más ardiente. Tan serio es lo del cambio climático que hasta los jóvenes de la generación del milenio -millennial generation, en inglés- protestan airadamente, llegando hasta el punto de odiar a sus padres, a los que culpan de la mala gestión del medio ambiente. Me refiero a los jóvenes nacidos entre los años 1980 y 2000. En ese sentido, Greta Thunberg, una escolar sueca de 16 años, empezó a faltar un día a clase para protestar por el cambio climático y ha llegado a liderar un movimiento a escala global. Los jóvenes culpan a sus padres de haber montado una sociedad de consumo salvaje en detrimento de las generaciones futuras. Ponen en evidencia que con el calentamiento global los jóvenes tendrán que vivir peor que sus padres, pese a haber tenido la suerte de no tener que pasar una guerra. O como expresa la citada Greta Thunberg: «Nuestros padres discuten el final deJuego de Tronos’ mientras el planeta se quema».

Hay quien aconseja echar la vista atrás: ¿cómo vivían nuestros padres, los abuelos de la generación del milenio? Mis padres vivían pensando cada día en la guerra que había asolado nuestro país. Cuando encontraban un mendrugo por la calle lo recogían y lo besaban. Nos decían: ojalá nunca tengas que pasar hambre. Los caballos trabajaban en el campo, los burros tiraban de las carretas y de las norias y por la noche encendían un candil cuando se quedaban a oscuras por un corte de luz eléctrica. Los coches podían contarse con los dedos de la mano y a lo sumo se lavaban los sábados en una tina. Hoy, en cambio, estamos a punto de morir de éxito, en medio del progreso, y los jóvenes de ahora deben de pensar que ni tanto ni tan calvo.