La columna

Espantamoscas

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Me topé el otro día con las crónicas de toros de los Sanfermines. Dijeron que un torero había triunfado por todo lo alto, tanto es así que le dieron las dos orejas y el rabo. Menudo trofeo, pensé. Ya podrían darle algo más duradero, o algo más de chicha, porque, ¿quién pone en la vitrina orejas y rabos, aunque estén embalsamados? Y si se trata de cocinarlos, ya entiendo que el rabo de toro es un plato típico de algunas latitudes, pero creo que la oreja que se come es mayormente la oreja de cerdo. Por cierto, cuando el toro trabaja bien en la plaza, me he fijado en que nunca le dan la oreja del torero, y mucho menos el rabo. Esto me recuerda el chiste del torero mallorquín a quien sacaron a hombros después de una faena magistral. Se quejaba porque le tenían pinzada salva sea la parte y decía: «Me teniu per un covó!» A lo que le dijeron: «Per un gran torero te tenim!»

También me acuerdo ahora del refrán que asegura que «cuando el diablo no tiene nada que hacer, con el rabo mata moscas». Luego el diablo nunca está ocioso, y en vista de la cosecha de moscas que pueblan nuestras casas en verano, debe el diablo de tener mucho trabajo. Se li ha girat feina, como dicen en catalán. Lo que también me parece muy curioso es la expresión que cuando uno corre mucho indica que «corre como alma que lleva el diablo». De donde se infiere que las almas que llevan el diablo corren mucho. No quiero señalar con el dedo a ningún atleta, ni a ningún ciclista, ni siquiera a ningún Correcaminos. Pero lo cierto es que yo imaginaba es que el diablo era más bien una cosa pesada, negra, pegajosa, caliente, pestilente, algo que entorpecería el paso de cualquier buen corredor. Pero, claro, cuando en tiempos pasados se decía que alguien estaba endemoniado, lo mejor era que echara a correr hasta pasarse tres pueblos, como dicen ahora, porque lo menos que iban a hacer era colgarle un sambenito, y lo más seguro era que terminara en la hoguera.

Lo malo es que ahora el Papa ha dicho que no existe el infierno, con lo cual o el diablo se ha quedado sin casa o el hecho es que el diablo tampoco existe, con lo que tenemos un problema, porque ya saben que cuando Dios hizo Mallorca y le salió tan bien, el diablo sintió envidia y se puso a hacer Menorca, y no sé si ahora nos hemos quedado sin autor o es que tampoco existimos. Lo cierto es que rabo no tenemos; el hombre lo perdió en algún paso intermedio de la evolución de los simios, y tendremos que hacernos con un espantamoscas.