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Estamos celebrando que hace 50 años que el hombre pisó la luna, algo de lo que nadie habla y no sé por qué. No obstante eso de que haga medio siglo que ya manejábamos la técnica necesaria que supuso no solo ir a la luna sino además volver, a mí se me figura la culminación universal del saber humano. Pero la sabiduría no siempre es homologable, en ocasiones es alcahueta, más que madre del saber, madrastra porque en según qué ciencias anda estancada, como eclipsada.

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El otro día tenía yo consulta con el urólogo, un especialista con el cuerpo agigantado, como si fuera un esforzado jugador de rugby, aunque eso sí, por lo menos es atento, por más que eso no me consuela pues sabía que después de las cuatro preguntas que siempre me hace, vendría lo del tacto rectal. En esta ocasión mi urólogo estaba acompañado de una joven doctora que supuse en prácticas de urología y encima era francamente agraciada, lo que me turbó, si cabe, mucho más que otras veces, aunque nunca me he acostumbrado a esa práctica de tenerme que poner con el culo mirando para Cuenca. Ya sé que para un urólogo es su trabajo y puede que lo hagan todos los días pero ese no es mi caso y más esta vez que tenía que contarle mi intimidad de cintura para abajo a mi urólogo y a una uróloga que, ya digo, supuse en prácticas por lo joven que era. Calculé que estaba empezando en esa industria de andar metiendo el dedo dentro del culo a alguien que no conoce ni de haber coincidido una mañana a comprar el pan. Debí de ponerme como un tomate porque me vi de soslayo en un espejo y pensé: ¡Mare de deú, quin paperot! El urólogo me dijo que estaba muy bien para la edad que tengo, lo que yo interpreté como quien tiene ya los achaques o las mermas de una vejez que llama a la puerta. En aquel momento pensé que la situación bien valía un farol y dije: ¿y usted doctora, cómo ha encontrado mi próstata? ¡Ahhh! Muy bien…, no necesita por el momento ninguna biopsia supongo… ¿verdad, doctor? No, José María sabe cuidarse y es un caminante de caminos largos hechos y por hacer.

Cuando salí de la consulta iba ya más en mí. Aun así María me soltó: ¡Jesús, María y José, vaya cara que llevas! Chica, no se me alcanza que vayamos y vengamos de la luna, que hayamos creado un reloj atómico que en 10 millones de años solo se atrase un segundo, y sin embargo, en esto de la próstata, andamos como quien dice no muy lejos de las cuevas de Altamira. Llegas al urólogo, te hace las mismas preguntas que siempre y acto seguido te dice que te vayas bajando los pantalones y en un aquí te pillo, aquí te mato, ¡zas! Y si solo es un urólogo… el problema es cuando es un urólogo acompañado de una uróloga. No me importa colaborar con la ciencia aunque creo que por lo menos podrían habérmelo pedido. El hecho me dejó tan tacado de vergüenza que ya no sé si dije adiós al salir de la consulta, pero pensé: de esta va a costar mucho que me volváis a echar el guante. Tengo que darle un repaso a eso de la vergüenza. Mientras tanto, para quien lo sepa y tenga por bien darme noticias de ello, le estaría agradecido.