TW

Diego Salvá y Carlos Sáenz de Tejada mantienen, muy a su pesar, una indeseable relación con Xavier Ugarte Villar o José Javier Zabaleta Elosegi. Los dos primeros eran jóvenes guardias civiles cuando fueron asesinados en Palmanova por la banda terrorista ETA con una bomba lapa en el coche patrulla. Ocurrió hace diez años y fue el último atentado de la banda asesina abertzale.

Los otros dos fueron destacados militantes de ETA en los años del plomo. El primero fue el carcelero de Ortega Lara durante sus más de 500 días de secuestro, y el segundo, entre numerosos atentados, fue el número 2 de la banda, mató al menos a cinco guardias civiles en tres acciones por las que fue condenado a 182 años de prisión.

Noticias relacionadas

Los dos salieron de la cárcel el pasado fin de semana, tras pasar encerrados menos de 30 años pese al dolor irreparable que crearon. Los dos regresaron a Oñati y Hernani en olor de multitud. Fueron recibidos como héroes, con cohetes y bengalas por sus paisanos en las calles céntricas de sus pueblos, donde les hicieron el pasillo y aplaudieron.

Los familiares y compañeros de los dos últimos asesinados por ETA también recibieron un homenaje el martes, cuando se cumplían diez años de su muerte. La cruel diferencia es que el recibimiento a los terroristas, que nunca mostraron arrepentimiento, estuvo enmarcado por los rostros de felicidad al haber recobrado la libertad tras completar sus condenas, según el regimen penitenciario español. En cambio, entre los familiares y compañeros de los guardias civiles se repitieron las lágrimas por el dolor que les acompañará de por vida.

Blanquear el pasado criminal de los terroristas reescribiendo la historia o apelando a discursos indignantes sobre la búsqueda de la paz sin ni siquiera pedir perdón es ignominioso. Pero que encima se dé carta de naturalidad al recibimiento público de los matones a su salida de la cárcel es un enaltecimiento del asesinato y otra deleznable humillación para tantas víctimas sin consuelo.